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Esta noche en tu casa, gratis

A veces, y no muchas, la sociedad recuerda a alguna personalidad que fue realmente importante en su cultura y rescata sus restos del naufragio de nuestra memoria colectiva. Imagino el impacto que causaría que apareciera por la puerta del Ministerio de Cultura alguna figura de las ensalzadas con discursos y pirotecnia académica, y no de las acostumbradas contratadas de paso. O, aún más cinematográfico: que un hombre descuidadamente vestido abordara a los eventuales y a los cargos para obligarles mediante la lógica a contradecirse a sí mismos y a encontrar huecos inmensos en su cultura, errores en los proyectos, deficiencias en la personalidad de la que hasta entonces estaban orgullosos y no reconocieran, entre sus tartamudeos, los ojos sonrientes y pícaros de Sócrates.

Si Sorolla (no se lo pierdan en la exposición de Bancaja) y sus amigos aparecieran hoy resucitados en nuestras calles valencianas, irritarían a mucha gente por el desorden que aportarían a las ideas fijas y por intentar socavar lo más importante para un valenciano: la seguridad en su sistema de vida, la certeza de saber lo que es verdad y lo que es mentira, lo que está bien y lo que está mal hecho. Me temo que Sorolla o Blasco tendrían tan pésimo fin, aquí y ahora, como lo tuvieron en su tiempo y tierra. Después de una gozosa y breve bienvenida al otro mundo, les ningunearían oficialmente por hacer preguntas incómodas, como por qué nunca se construyó el soñado Palacio permanente de Artes e Industrias y sí la Ciudad de la Luz, y les condenarían al ostracismo por ser unos peligrosos anarquistas, capaces de desmontar a la buena sociedad de un signo y de otro con preguntas, seguramente ingenuas. Y seamos sinceros, varias preguntas ingenuas, incluso llegadas del siglo pasado, bastarían para acabar con la imagen de marca que se ha creado en torno a nuestra capital.

Esta semana visité la casa deliciosamente abandonada del mal recordado José Benlliure. Es una de las pocas viviendas que no han cambiado de habitantes, porque antes la gente vivía más en el mismo sitio. Ha aumentado el número de viviendas propias, en detrimento de los que nunca podrán optar a vivir donde nacieron. Lo inmobiliario lo ha movido todo y los barrios propios se han despoblado. Se han intercambiado todos los vecinos, que ni se conocen entre ellos, ni conocen cómo se formó en su inicio esa identidad propia de familias sencillas, ni saben cómo interactuar con su entorno. Mientras los okupas están de permiso donde nadie quiere vivir, los nuevos propietarios okupan las casas de lo que fue el germen de las amistades, los nuevos proyectos y las ideas de la ciudad, dejando a menudo sólo la fachada, que es lo único que importa, y aportando humillantes comodidades futuristas en forma de garajes, supermercados y comercios de productos innecesarios.

Yo les ruego que no vayan nunca a la casa de Benlliure, porque todavía él sigue allí. Les suplico que no pongan de moda su frondosa naturaleza mitológica -donde no se venden ceniceros ni postales ni camisetas ni hay bar-restaurante- para sorprender su congelada vida llena aún de palpitante verdad. No paseen por sus jardines porque a alguno de ustedes se le ocurrirá mejorar el pavimento, arreglar la persiana rota, limpiar las paredes y convertirla en una de esas mentiras que tanto gustan a los autobuses de turistas vitales, ávidos de emblemáticas instantáneas. Benlliure era un hombre sincero, como dijo de él Sorolla, y su espíritu les tirará de los pies de noche, cuando estén durmiendo.

En su casa, sin aire acondicionado ni bomba de calor, se sentirán incómodos. Tendrán que explicarle demasiadas cosas. Nuestra falta de visión realista y sencilla, el mal de la dualidad de contratos organizada en contra del bien común y a favor de lo temporal, y cómo de aquellas dos Españas que se crearon justo antes de su muerte se convirtieron en tres al añadirse a los dos bandos enfrentados un tercero aún más letal: el de los «yo no me meto, yo voy a lo mío».

Si los amigos de Benlliure, menos normalizados, más internacionales en sus metas y sus exilios, querían cambiar su vida y la de todos nosotros a mejor, era porque sabían que la carraca sólo gira en un sentido, pero que también se puede alterar su mecanismo si no se contrae el virus social del egoísmo. Aunque rivalizar con una sociedad futbolística que sólo busca hundir al contrincante es una pérdida de tiempo y energías. Ni tan solo se debe intentar desmoronar su tinglado, dando razones inteligentes, oponiendo argumentos normales o más anormales que los suyos. Siempre encontrarán un elegante imbécil o asesor que les secunde en su juego y les adule su vanidad y les induzca a creerse más geniales que lo que creían ser.

Pero si no hubieran existido los novelistas, los pintores, los arquitectos y los escultores de aquella época, València, con la mentalidad de ahora, sería un género para el comercio como pueden ser las cabras, el cemento, el plástico y el aluminio. Los diseñadores, escritores, cineastas y artistas de hoy pueden despilfarrar sus mejores metáforas, sus más maravillosas imágenes, pero no se pueden superar las 850 palabras del amor básico que se escribieron en su día y que nos definían con la misma rapidez con que usaba Francisco de Orleans, príncipe de Joinville para llegar a las mujeres: «¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Cuánto?» palabras a las que la actriz Rachel, Elisa Félix, respondió con la misma literatura esencial: «Esta noche, en tu casa, gratis» y cuyos ecos resuenan en cada rincón de lo que algunos conocemos como vida.

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