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Butaca de patio

El Cid, un mercenario

El cine ha actuado, en multitud de ocasiones, como manipulador de la Historia porque le han interesado más la espectacularidad y los mitos que un mínimo rigor histórico. Un buen ejemplo de este fenómeno se refiere a El Cid, la película que en 1961 dirigió Anthony Mann en diversos castillos de España, produjo Samuel Bronston e interpretaron Charlton Heston y Sofia Loren en los papeles principales. Millones de españoles, incluidos muchos valencianos, se han acercado a la figura de El Cid a través de aquella superproducción o de los cuatro tópicos que suelen contar los libros de texto del Bachillerato. Utilizado por el franquismo como un icono de la España imperial, de la lucha contra los infieles musulmanes y de los valores castellanos de la llamada Reconquista, Rodrigo Díaz de Vivar también ha servido y sirve como personaje de ficción para novelistas nostálgicos de pasadas glorias militaristas como Arturo Pérez Reverte. Para completar la idealización de El Cid, el filólogo Ramón Menéndez Pidal consideró el famoso Cantar y los numerosos romances sobre el célebre guerrero como fuentes históricas válidas para el conocimiento del personaje. De este modo se redondeó la figura de uno de los nombres intocables de la España eterna, reivindicado siempre por los sectores más conservadores y puesto en la picota por los progresistas. En cualquier caso, en las últimas décadas unos cuantos historiadores serios han colocado a El Cid en su justo lugar, es decir, el de un mercenario que igual batalló junto a los cristianos que al lado de los musulmanes, un señor de la guerra que llegó a crear un poderoso ejército privado.

Un prestigioso medievalista, el historiador David Porrinas, acaba de publicar un libro, El Cid, historia y mito de un señor de la guerra (Desperta Ferro ediciones), que desmitifica de una manera definitiva al personaje. Ni el caballo Babieca, ni la espada Tizona, ni la famosa jura de Santa Gadea existieron en la realidad y tan sólo forman parte de las leyendas. Las andanzas de Rodrigo Díaz de Vivar, donde se entrecruzan la crueldad y la ambición de las gentes de la frontera, se mueven en la Reconquista: un territorio y una época que claman por una divulgación correcta y ajustada a la verdad histórica. De hecho, el personaje de El Cid no significó una excepción ni mucho menos. Más bien fue la norma de aquellos señores de la guerra. Sin ir más lejos, los avatares de aquellas guerras y disputas constantes provocaron que El Cid conquistara la rica y estratégica València a los musulmanes en 1094, la mantuviera bajo su control hasta su muerte en 1099 y, más tarde, la perdiera de nuevo su viuda, Jimena, a manos de los islamistas. Esta síntesis, en definitiva, desmiente esa visión maniquea de la Reconquista de los buenos cristianos frente a los malvados moros que todavía anida en el imaginario colectivo de este país. El historiador Porrinas ha definido a El Cid a la perfección: “Suena peyorativo lo de mercenario, pero esa es la definición del que combate por dinero o por beneficio propio”.

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