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Jorge Dezcallar

Fortuna en el infortunio

La pandemia del Covid-19 se extiende y llega con estruendo a los Estados Unidos y a la India, que uno por su importancia y la otra por...

La pandemia del Covid-19 se extiende y llega con estruendo a los Estados Unidos y a la India, que uno por su importancia y la otra por su población parecen llamados a convertirse en sus próximos grandes focos de expansión. Llega también a África, aunque más silenciosamente porque ese continente ocupa menos lugar en nuest ros medios de comunicación, a pesar de que previsiblemente hará estragos por la escalofriante falta de medios para combatirla, y también por la recesión económica que la sucederá en forma de hambrunas. Y llega por fin a Iberoamérica de la mano de líderes tan irresponsables como Bolsonaro o López Obrador, que en contra de la evidencia se niegan a reconocer su mortífero poderío.

Este virus es diferente pero eso no es excusa para haya cogido tan desprevenidos a gobernantes y sistemas de Salud, pues ha habido muchos precedentes desde la "Gripe Española" de 1918 (50 millones de muertos) hasta los recientes SIDA, SARS, ÉBOLA... y no les hemos hecho caso. Que no nos digan que no sabían que ésto podía ocurrir pues los expertos lo habían advertido, como también sabemos que es sólo cuestión de tiempo hasta que haya otra epidemia más mortífera que ésta (la tasa de mortalidad del ébola es del 50%), que incluso podría ser provocada por virus creados artificialmente en laboratorios si grupos terroristas consiguieran esa capacidad. Son muchas las cosas que hay que cambiar y las medidas que hay que tomar para defendernos de ese futuro. No es ciencia ficción pues todo cambia muy rápido: las guerras tienen ya un componente cibernético importante, y Bonnie y Clyde no hubieran creído que en 2020 no hagan falta pistolas para robar un banco.

Bernard-Henri Levy recordaba en un artículo reciente que el término pandemios (literalmente "sobre el pueblo") se empezó a la producción mundial, y donde la muerte forma parte del paisaje diario, como aquel padre del Golfo de Guinea al que di el pésame tras un accidente en el que había perdido mujer y seis hijos y me contestó: "se lo agradezco, pero no se apure porque tengo otros", o esa madre que había parido mellizos y tenía que decidir a cuál de los dos dejaba morir porque sólo tenía leche para amamantar a uno...

Esta crisis debe enseñarnos a ser más agradecidos a la vida y una forma de hacerlo es ser más solidarios con nuestros prójimos que en este caso son los más viejos. Por su vulnerabilidad y porque están muriendo delante de nuestros ojos en porcentajes obscenamente elevados, poniendo de relieve que vivimos en una sociedad que los rechaza aunque no lo quiera reconocer. La publicidad dominante nos quiere sanos, guapos y fuertes y por eso disfrazamos los furgones fúnebres, para no verlos, y metemos a nuestros ancianos en "residencias de la Tercera Edad" (incluso evitamos la palabra "viejo"), que exigen una drástica revisión pues la tragedia que ha ocurrido en ellas ha puesto de relieve serias deficiencias en su control y en su régimen de funcionamiento.

Y no olvidemos tampoco a los que viven solos porque, como me decía una amiga africana con mucha razón: "los verdaderos pobres no son los que no tienen dinero, son los que no tienen a nadie". Y son muchos. La soledad es siempre dura pero lo es más en un régimen de confinamiento como el actual. Aliviar esa soledad puede significar mucho para quiénes no tienen con quién compartir su miedo y sus ansiedades. A veces basta una llamada para romper la monotonía y enriquecer todo un día.

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