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¡Es la ciencia, estúpido!

La decisión del Gobierno de excluirles del desescalamiento vuelve a poner de manifiesto la escasa influencia de los científicos españoles en la agenda política y en la economía

"¡Es la economía, estúpido!". La frase, acuñada por James Carville, asesor de Bill Clinton en la campaña presidencial de 1992, se utiliza con frecuencia para resaltar la importancia de los asuntos económicos en la política. Lo que algunos ignoran son las tres frases que Carville escribió en un cartel que colocó en el cuartel general de Clinton en Little Rock, Arkansas: primero, "cambio frente a hacer más de lo mismo". Segundo, el célebre "la economía, estúpido". Y tercero, "no olvides la sanidad". Hoy más que nunca sabemos que las tres consignas -liderazgo político, economía y sanidad- están íntimamente interconectadas. Sufrimos un problema no ya sanitario, sino de salud pública -el matiz es importante-, y la economía se va irremediablemente a pique, porque los políticos han reaccionado tarde ante un virus sobre el que Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró el 31 de enero la alerta sanitaria internacional.

Pero la responsabilidad no es solo política. Si como dijo Lawrance J. Piter, quien acuñó tambiñen 'principio de Peter', un economista es un experto que mañana sabrá explicar por qué las cosas que predijo ayer no han sucedido hoy, también en España hemos tenido científicos que minusvaloraron la amenaza que suponía este coronavirus, equiparándolo a la gripe estacional, y hoy se afanan en argumentar por qué fallaron sus estimaciones. Es el caso del propio CSIC, dependiente del Estado, que el 24 de febrero, en sus redes sociales, llegó a comparar las cifras de la gripe estacional con las del coronavirus para minimizar las segundas; y catedráticos de Salud Pública como Ángel Gil de Miguel, que el 27 de febrero declaraba que "la magnitud del problema del coronavirus no será diferente a una gripe". O Antoni Trilla, responsable de Medicina Preventiva del Clínic de Barcelona y ahora miembro del comité científico asesor del Gobierno en esta crisis, que a mediados de febrero llamó "locura" a lo que consideraba una histeria injustificada frente a la epidemia. "Con el coronavirus se están montando unas bolas espectaculares", llegó a declarar.

Otros científicos españoles sí le veían ya las orejas al lobo. El 24 de febrero, el epidemiólogo Oriol Mitjà urgía a "esperar lo mejor y estar preparados para lo peor". "Este fin de semana el riesgo de que el coronavirus se haga pandémico ha aumentado drásticamente con los nuevos casos y muertes fuera de China -advertía-. La situación de la vecina Italia [que registraba 227 casos confirmados y 7 muertes aquel día, y había confinado a 50.000 personas días antes] lleva a replantearse la gravedad y las medidas necesarias ante una posible crisis en España". Dos días después, los hechos reforzaban ese análisis: se diagnosticaba en Sevilla el primer caso de contagio local del coronavirus en España. Los expertos consideraban que con ese caso quedaba acreditado que el SARS-CoV-2 circulaba desde hacía días sin ser detectado. Parecía que se podía cumplir el vaticinio de Bill Gates, que cinco años antes había avisado que la eclosión de una pandemia viral de consecuencias devastadoras para la salud y la economía en todo el mundo era solo cuestión de tiempo.

Lo que los americanos llaman wake up call, el primer gran toque de atención, ocurrió el 12 de febrero, cuando se canceló el mayor congreso tecnológico del mundo, el Mobile World Congress (MWC) de Barcelona. Pese a ello, el propio presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, sostenía al día siguiente que no había ninguna razón de salud pública para la suspensión.

En toda esta crisis, el debate científico y las decisiones políticas y económicas del Gobierno tomaron caminos divergentes. El mismo Ejecutivo que decidía, para estupor de muchos, desgajar el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades para crear el Ministerio de Universidades y entregárselo a un sociólogo de Unidas Podemos, Manuel Castells, ignoraba lo que había ocurrido en China, con millones de personas sometidas a un confinamiento durísimo, mucho más estricto que el que sufrimos ahora en España, y comenzaba a pasar en Italia. Con su demora al tomar decisiones -no hacía falta cerrar colegios ni universidades, aseguraba Fernando Simón el 4 de marzo-, nos condenó a liderar ahora la triste estadística mundial de muertos de Covid-19 por habitante.

Es esta una crisis de salud pública, no sanitaria. Este matiz lo recalcaba en una entrevista a El Independiente Julio Mayol, jefe médico del Hospital Clínico San Carlos de Madrid: "Lo de crisis sanitaria lo dicen ministros y hasta el presidente del Gobierno y no, la responsabilidad no es del sistema sanitario -precisaba-. El sistema sanitario está sufriendo las consecuencias. Esto es un problema de las decisiones que se han tomado en materia de salud pública. Cuando todo el mundo habla de 'capitán a posteriori' ha de recordar las portadas de los periódicos con lo que decía la OMS en el mes de febrero".

¿Qué ha fallado? Quizá hay que lamentar la falta de peso de la ciencia y la tecnología en la política y en la economía. No solo es un problema español, sino también europeo: ninguno de los grandes gigantes tecnológicos del mundo es de un país de la UE. Pero en lo referente a la salud pública pocos países han sido tan irresponsables como España, donde el Ministerio de Sanidad, encargado de esta parcela, se ha ido vaciando de competencias durante décadas hasta quedar como una "maría" en la nómina ministerial, susceptible de ser entregada a un político totalmente ajeno a la ciencia y a la medicina como cuota del PSC de Miquel Iceta en el Gobierno. Pedro Sánchez ha tenido la oportunidad de rectificar el rumbo, pero ha designado como responsables de la futura "desescalada" a su mano derecha y máximo consejero áulico en materia propagandística, Iván Redondo, y al ex JEMAD José Julio Rodríguez, dirigente de Unidas Podemos. Ninguno de los dos tiene formación científica. Y a la hora de decidir la vuelta al trabajo el pasado lunes de los sectores considerados como no esenciales, el Gobierno no ha consultado al comité científico que le asesora en esta crisis.

El físico Pablo Artal, Premio Rey Jaime I a las Nuevas Tecnologías, ha dado en el clavo en un artículo publicado en Jot Down y titulado, con gran honradez intelectual, El gran fracaso de la ciencia española. En él reconoce que la falta de liderazgo e influencia social de los científicos españoles es abrumadora, y que la ciencia española carece de una estructura sólida de ayuda al tejido productivo del país. Según Artal, se ha promovido la actividad científica por resultados en publicaciones, pero "no existe un entramado que pueda responder en casos de dificultad, ni que ayude de manera eficiente al sector productivo. No tienen más que ver nuestra actividad en patentes", lamenta.

El médico, farmacéutico y premio Nobel argentino Bernardo Houssay (1887-1971) dijo una vez en qué se diferencian los países ricos del resto: "Los países ricos lo son porque dedican dinero al desarrollo científico-tecnológico, y los países pobres lo siguen siendo porque no lo hacen. La ciencia no es cara, cara es la ignorancia".

Ojalá que esta crisis, la mayor del planeta desde la Gran Depresión de los años 30, sirva para que la ciencia deje de ser un mero recurso en el reparto de carteras ministeriales por cuotas; que en los medios de comunicación públicos se apueste por la divulgación en horario de máxima audiencia -programas como 'Cosmos' o un 'El hombre y la tierra', que despiertan vocaciones-; y que científicos, universidades e industrias contribuyan de forma conjunta a construir un entramado sólido de ciencia y tecnología que nos permita afrontar este tipo de desafíos con una solvencia similar a la de Alemania, Japón y Corea del Sur, tres de los países que mejor están manejando la pandemia. Nos va la salud y la economía en ello.

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