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Añoranzas

Me telefonea un amigo cuya casa da a la M-40, el segundo de los anillos que circunvalan Madrid (el primero, la M-30, ya está dentro). Me dice que desde su terraza, en este instante, ve pasar un coche fúnebre.

- ¿Solo un coche?

-Solo uno. Y fúnebre -insiste.

Me pregunto qué pensarán los extraterrestres, si nos ven, de esas infraestructuras tan poco utilizadas. Te asomas a una vista aérea de la gran ciudad y apenas hay cuatro o cinco peatones recorriendo sus arterias. ¡Cuánto asfalto desperdiciado! Muchos de los críos que el domingo pasado pudieron salir, prefirieron no hacerlo por miedo a ese enemigo metafísico llamado Covid-19. No hay superhéroe capaz de enfrentarse a él porque es invisible. Los supermanes encargados de exterminarlo tienen poco glamur, empezando por su uniforme, que es una bata blanca. Trato de imaginarme a los hombres y mujeres que, sentados frente a un microscopio, le buscan las vueltas al coronavirus. No son necesariamente jóvenes ni fuertes como el Capitán América o el Hombre Araña. Se frotan los ojos con frecuencia, en una especie de masaje autocompasivo.

- ¿Para cuándo la vacuna? -les preguntamos todo el rato.

Eso mismo es lo que a ellos y ellas les gustaría saber, para cuándo, pero de momento no tienen ni idea. Las informaciones sobre el agente infeccioso son cada vez más erráticas. Al principio, ¿recuerdan?, solo era una gripe. No reproduciremos de nuevo el rosario de afirmaciones y desmentidos, pero nos asombraría, si los pusiéramos en línea, la potencia transformadora de un patógeno para el que al principio, por ejemplo, no eran necesarias las mismas mascarillas que ahora resultan imprescindibles.

Mi amigo, el de la M-40, me vuelve a llamar para informarme de que está pasando otro coche fúnebre. Le digo que no me interesa llevar la contabilidad y me pide disculpas. Sorprendentemente, añora el ruido continuo de esa autopista, al que ya se habían acostumbrado.

-Era monótono y arrullador, como el del mar -añade.

Estamos empezando a echar en falta cosas increíbles.

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