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Alfons Garcia

Mi pequeña revolución

Volverá a pasar. La relajación llevará al repunte y la culpa será del Gobierno. Piden (pedimos) relajar el confinamiento, que la gente está exhausta y la economía se hunde y, cuando las escenas de vida libre lleven a que la curva engorde, la culpa será de quienes mandan. Diremos que deberían haberlo previsto. Mejor eso que mirarnos al espejo. Pero en esta ocasión nadie podrá decir que ignora el alcance del virus. Desconocemos demasiadas cosas de él, pero no su capacidad de expandirse, porque se esconde en muchos sin mostrar síntomas.

No me gusta el manejo propagandístico de los datos. Ni la comunicación de guerra. Ni el centralismo encubierto que ha emanado de toda esta emergencia. Ni la visión infantil de la sociedad que lleva a repetir consignas de consumo rápido sin profundizar en las consecuencias económicas reales de lo que está pasando. Pero no quiero olvidar que la experiencia era desonocida. Y que ese paraíso de prosperidad neoliberal que se nos ha puesto tantas veces de modelo, con impuestos bajos y altas rentas medias, se ha demostrado el lugar con la sanidad pública más deshecha, la atención social más precaria (comida basura para niños sin recursos) y los geriátricos más arrasados por la muerte después de ser entregados al mejor postor (el precio lo era casi todo al adjudicarlos). Pongamos que hablo de Madrid.

Que digan lo que quieran. Yo estoy empezando a pensar que me quedo en casa. Le he tomado el gusto al café con leche a media tarde en el silencio de la mesa de trabajo, sin el bullicio de la oficina. Incluso he empezado a pensar que no soy tan mala persona, que puedo quererme si aflojo el pistón y me detengo un poco para ser el que fui, capaz de disfrutar de una tarde larga con las cartas entre Stefan Zweig y Joseph Roth, hasta descubrir que escribían cosas geniales por la mañana y sucumbían a defectos carnales por la tarde. Capaz de no pensar en el despertador y llorar de madrugada con una canción yidis en Unorthodox. Capaz de reencontrar al universitario ávido de saber que se pone Los olvidados una mañana hasta confundir este sol de primavera con el sucio del México de Buñuel.

Que deshielen el aislamiento o los casquetes polares, yo empiezo a pensar que no me doy por enterado, que voy a seguir paseando los perros con calma, ampliando una calle cada día el recorrido, y no voy a volverme a poner el reloj de pulsera, ese que me dejó una huella, como un grillete, en la muñeca y que estos días ha ido evaporándose.

Que desconfinen hasta el infinito y más allá, que voy a seguir caminando tranquilo, mirando los balcones y descuidando el suelo que piso, hasta el quiosco de Vicente para ver la vida por los ojos de los periódicos que yo quiera y no por el vociferio de las televisiones y las redes. Voy a intentar comprender algo a través de la lectura tranquila de unos papeles y no mediante los partes de guerra diarios en que se han convertido las pantallas.

Que deshibernen a los osos del Pirineo, yo empiezo a pensar que algo bueno tendré que sacar de esta tragedia, que para eso pertenezco a una especie con probadas dotes de adaptación. Mi cuerpo podrá volver a la vida anterior, por esa mala costumbre de comer y consumir, pero mi alma se va a quedar aquí, no va a ser tan dócil. Sepan que cuando me pidan el voto, me invadan sus consignas o me llamen a capítulo a un despacho desinfectado, no solo mis dedos de plástico ya no tocarán la realidad, sino que mi alma estará escuchando una sinfonía entre las páginas de Los detectives salvajes. En paz solo consigo misma. Ya les aviso, desescalen la torre de Babel y los peldaños del infierno, nada va a ser igual.

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