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A vuelapluma

El arte de perder

En la serie After Life, Ricky Gervais es un periodista derrotado por la vida que escribe crónicas de sucesos extraños para un deprimente periódico gratuito local, de esos perfectos, dice, para poner sus hojas bajo la arena de la caja del gato. Redacta historias de abuelos que reciben siempre la misma carta para tener algo que contar al sillón vacío que ocupaba la mujer muerta. Historias de gente que ve la cara de Kenneth Branagh en unas humedades en la pared de casa para hacer la vida más llevadera a la mujer a la que acaban de romper los huesos en un atraco. Lo interesante no es lo que cuentan, sino por qué lo cuentan y los aledaños de lo que cuentan. Lo interesante es el hilo de perdedores que van creando con el cronista, una comitiva que quizá empieza para nosotros en Jesucristo y se hizo literatura grande en el Quijote. Al fin y al cabo, llegamos a este mundo con una derrota en el horizonte. Algunos la viven intentando mirar hacia otro lado. Otros la viven y la cuentan. El arte de perder es el título del volumen que reúne las cartas de uno de los grandes narradores de la derrota, Scott Fitzgerald.

En las calles de Madrid, València y otras ciudades han aparecido estos días protestas con cacerolas de gente formal, bien vestida y que incluso baja de casa con un hierro 3 de golf porque es lo primero que encuentra a mano. El periodismo es el arte de lo insólito por la simple atracción humana por la novedad, así que televisiones, radios y diarios hemos mirado con atención estas insólitas concentraciones. Pero lo importante está en otras calles y avenidas menos nobles. Lo importante es lo que se ve menos, porque siempre está ahí: el silencio de los olvidados, los perdedores que unen miseria y pobreza a otras derrotas.

En el Congreso de los Diputados se ha decretado el fin de la pandemia. Algo así habrá que concluir de que, en lugar de forjar alianzas sólidas, haya regresado el mercadeo, los acuerdos ocultos y las decisiones que cotizan al alza por la noche y se hunden por la mañana. El guirigay de la vieja normalidad. La guerra partidista sin cuartel y, a veces, sucia. Puede que intentar un gran acuerdo transversal hubiera sido una pérdida de tiempo, dada la actitud de una derecha guerrillera que ha decidido que ha de sacar partido de esta crisis, pero con lo sucedido esta semana Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se han asegurado quince días más de estado de alarma y, en cambio, han llenado de minas el terreno pedregoso de la pospandemia. Este tiempo oscuro de dificultades económicas lo viviremos sin la mínima estabilidad recomendable. Ni el Gobierno ni la oposición habrán ayudado a afrontar la nueva normalidad de una manera diferente a lo que ya conocíamos. La mirada vuelve a estar en las estrategias y las batallas políticas; más en el poder que en las personas; más en lo insólito, pirotécnico y bélico que en lo importante. Quizá la nueva vida sea la de la fragilidad también de los acuerdos políticos, la de unos pactos mutantes que se pueden variar cada quince días en busca de una mayoría de supervivencia. Quizá no sea el mejor panorama, pero una política siempre en el alero tiene algo de metáfora parlamentaria de la vida precaria de muchos ciudadanos. La utopía seguirá siendo una política capaz de tender puentes antes que de quemar las naves. Ojalá aquí, más cerca, lo entiendan, porque será una ventaja entre unos cuantos lastres heredados. Lo importante, no obstante, seguirá en la sala de espera de un hospital, en el registro de entrada de una fábrica y en un silencioso vagón de metro al amanecer. Perder, en ocasiones, es ganar en dignidad.

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