Suscríbete BLACK WEEK

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

El desliz

Una necesaria limpieza de agenda

Nunca he mandado el mismo mensaje a todos los contactos de mi móvil. Jamás he necesitado decirle algo a la vez al fontanero, a mi hermana, a mis amigas, a mi psicólogo, a mi tía del pueblo, a mi peluquera, al administrador de fincas que se ocupa del parking y al jefe de prensa de la conselleria de Industria. En Navidades remito idéntica felicitación a una docena escasa de destinatarios. Cuando reenvío un vídeo tronchante de Polònia a dos chats de familia e íntimos ya creo que estoy siendo una pesada. Utilizo los grupos para el propósito con el que se crearon, no para vender mis ideas o mis artículos rebajados. Hay muchos asuntos que me interesan y me afectan, aunque no por ello castigo al prójimo con iniciativas relativas a mis neuras. Odio los comportamientos invasivos. Me parece realmente grosero importunar a los demás, haciéndoles perder el tiempo abriendo un mensaje sobre determinada campaña, por muy altruista o solidaria que pretenda ser. Quién sabe si una mujer que sigue teletrabajando con un grado de confinamiento que no ha sido aliviado por la fase 2 ha quitado una sartén del fuego al oír el pitido, por si se trata de ese mensaje importante que está esperando. O puede que esa persona esté en medio de un documento y abra el teléfono para encontrarse una chorrada capaz de hacer perder la fe en la humanidad en su conjunto. Un recado en el que se la anima a firmar una petición al Gobierno para que no nos obligue a vacunarnos contra el coronavirus, cuando la vacuna sea una realidad, porque las vacunas matan y son muy peligrosas. Más que el Covid-19. Semejante disparate con anticipación y alevosía solo puede venir de alguien que no te conoce de nada o a quien en realidad no le importa tu opinión. Semejante delirio llega de un contacto con el que no hablas desde hace lustros; culpa tuya por aplazar el necesario cribado anual de la agenda.

Hace mucho que no vienen por casa los que alertan del fin del mundo para vender su religión. Esos al menos se cansaban, subían las escaleras, gastaban suela, se esforzaban. Los ha sustituido el desocupado de turno encantado de difundir la mala nueva con su solo dedo desde su teléfono móvil, a cuanta más gente mejor. Los antivacunas, los que dicen que el virus lo ha creado un gobierno malvado, una multinacional que ya dispone del antídoto, una civilización extraterrestre. Los que curarían la neumonía con prismas energéticos o con grapas o con numerología. Los que ven el telediario con un gorro fabricado de papel de aluminio para certificar que lo del coronavirus ya estaba escrito en los criptogramas de los campos de cereales. Es muy grave lo que está pasando, dice el mensaje magufo. Y no se refiere a los miles de muertos, al sistema sanitario al límite, a la crisis económica en ciernes. Se refiere a que igual la ciencia halla la forma de inmunizarnos contra el virus, y que él, y muchos como él, se negarán en redondo a formar parte de la barrera. Que me sume a la horda de chiripitifláuticos. Menudo futuro. Soy muy provacunas. Tanto, que no entiendo cómo me he dejado una rendija abierta por la que se cuelen ideas pseudocientíficas y conspiranoicas. Si no fuera porque no creo en ese tipo de cosas, juraría que estoy recibiendo un aviso telepático clarísimo de la tecla de bloqueo de contactos en el móvil.

Para continuar leyendo, suscríbete al acceso de contenidos web

¿Ya eres suscriptor? Inicia sesión aquí

Y para los que quieren más, nuestras otras opciones de suscripción

Compartir el artículo

stats