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La ventana

El calorcito en fogonazos

Los muy cercanos enclavados en una franja algo altita son piña al coincidir en que andan con la fase cero. Pese a una calle sin un Trump atizando el fuego por mucho que Abascal haga la ola, tonterías, ni una. Militantes de la cautela, esta colla se ha forjado en los tiempos muertos. A mediados de abril, el guasa de dos de los implicados desveló el afán por la precaución: «En la comida he puesto a gitanos de Jerez cantando al Niño Dios. Me he dicho vamos a ir ya con la Navidad, que luego se nos va a acumular la historia». «Prudente decisión». «Ahora bien, los polvorones me están costando». « Una cuestión conduce a la otra; a mí me inquieta el besugo».

Una de las cosas que me llevo de esta catarsis es el calorcito propagado. Entre los hallazgos, la prestancia de los aperitivos que, desde la terraza, compartió con el núcleo afectivo un pavo que, al ser portador de un buen chute de mili en Melilla a principios de los sesenta, se las ingenió para subir la moral de la tropa a base de fogonazos. De vez en cuando se dio un respiro tras confesar que estaba hasta ahí de morcilla achorizada, aceitunas gordales y Camembert. Pero lo más grande fue que cada día concurrió con un terno diferente. A la enésima hubo quien, por aquel entonces, le replicó: «Estoy deseando que abran los bares para beber menos».

Voy a darme prisa que está a punto de marcarse una disquisición Cayetana y no quiero se me indigeste lo que resta. También me la di el día de Europa en felicitar no a la ínclita, que aún no había movido un dedo, sino a unos amigos por su 39 aniversario. Ella lo agradeció enseguida, pero él... Resulta que, con salvoconducto laboral, se fue a una provincia limítrofe a pillar los efectos personales de la casa en la que estuvieron alquilados. Doble desplazamiento de 400 kilómetros con controles y un centenar de viajes en ascensor, repleto de bártulos y de perchas. Componente de una pareja indisoluble ni reparó en el día. Dentro de la nueva realidad, su respuesta a las tantas dejó claro el presente que más le satisfizo. Efectivamente, salir del armario

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