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Alfons Garcia

A vuelapluma

Alfons Garcia

Cuaderno de la vida extraña

Abro el cuaderno de las cosas raras empezado durante el confinamiento. Escribir un bloc con rarezas en un tiempo extraño es la primera (y no menor). Me rencuentro a mí mismo poniendo Las cuatro y diez de Aute en el balcón a las 16.10 del día después de su muerte. He visto cómo nos dejaban bolsas de comida en la puerta y los emisarios se alejaban una decena de metros mientras las recogíamos. He visto tirar tuppers porque venían de una casa con posible contagio. He dejado de pisar con zapatos en casa. Pánico. Solo he visto a mi madre desde el otro lado de la ventana. He realizado tráfico (legal) de mascarillas con amigos. Me he introducido en los gustos musicales de los vecinos, dada la afición a la música a tope. Me he visto mirar cada quince minutos el correo para ver si llegaba el resultado de la prueba. Terror. He llevado alpiste en los bolsillos para palomas, tórtolas y otras aves urbanas en peligro si nadie salía a la calle. Las he visto seguirme hasta la puerta impacientes y ahora ya entran al patio. He visto llegar exhausta a una vecina enfermera, ofrecer mascarillas confeccionadas por ella, llevar comida a la señora mayor de la casa contigua y explicarle las normas de la nueva vida. Esperanza. He visto la muerte rondando entre vecinos y amigos sin que los coches fúnebres pararan ante la puerta de la iglesia. Lo peor no es la tragedia, sino el miedo a ella. He visto a un tipo por la calle recitando títulos de ciencia ficción (El triángulo de las Bermudas, Casiopea€). Insólito. He visto a Donald Trump arremeter contra el medio que le vio crecer, el que utiliza como vía principal de comunicación, porque está poniendo coto a las falacias. ¿Se deben difundir las mentiras conspiranoicas bajo el hermoso paraguas de la libertad de expresión? ¿Quién decide la verdad? Desazón. He visto más desesperados que nunca en el parque del barrio. Los que no tienen casa se hacen más visibles cuando el mundo se para. He visto más niños pijos que nunca en los telediarios, como si todas las familias vivieran en una casa con jardín y produjeran de serie niños con media melena y polo inmaculado de marca. He releído el comienzo de El orden del día. Todas esas grandes empresas, muchas activas hoy, que empujaron con dinero aquella noche de febrero de 1933 a Hitler para ganar las elecciones. Siempre ese dilema falaz entre el orden, la ley, y el miedo. Y siempre los poderosos (casi todos) tienen claro su lugar. Veo estos días a tantos empresarios exponer públicamente su temor al Gobierno, a sus efectos sobre la economía. Zozobra. He buscado huecos imaginarios dónde meterse, lugares imposibles en los que perderse y darse a los sueños sin cerrar los ojos, solo con tus ilusiones. He visto la crueldad de un servidor público, que aprieta con su rodilla el cuello de un negro hasta matarlo. La crueldad no espontánea, mantenida durante ocho minutos y 46 segundos. La crueldad advertida por quienes se arremolinan ante un infierno adelantado. La crueldad grabada desde tantos enfoques que no caben subterfugios. He visto al presidente de la gran potencia, ejemplo y modelo para el mundo, ponerse del lado de la violencia. No es la fiebre de la enfermedad. No parece posible, pero es real. Y de nuevo, el poder (el peor) intenta poner a la ciudadanía ante el injusto y falso binomio de la ley y el orden o la decencia moral. Vergüenza. El presente es un capítulo que nos parece eterno cuando estamos inmersos en él y que olvidamos tan pronto como pasamos al siguiente. La epidemia empieza a ser ya pasado. Queda poco. Queda este frío existencial, a pesar del sol.

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