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De Madrid al infierno

Hemos estrenado estación estival y, casi a la par, nueva normalidad con el cese del estado de alarma. Ya podemos recuperar, con precauciones, antiguos usos y costumbres como movernos libremente entre distintas regiones, por ejemplo. No es un verano cualquiera; hemos de renunciar a planes habituales de vacaciones. Yo me moveré a mi patria chica por razones de fuerza mayor. De lo contrario, ni saldría de mi lugar de residencia.

Hay que actuar con cautela, pero, por favor, que no se propague el odio al madrileño, que bastante sufrió la crisis del coronavirus. Cierto que al comienzo salieron algunos de estampida en Semana Santa, portando el bicho donde no lo había; que quizá el Gobierno debería haber limitado esos primeros movimientos; no obstante, no debemos estigmatizar a los habitantes de la capital, a los que también habría que hacer un llamamiento a extremar las precauciones. Somos homicidas en potencia si bajamos la guardia. Podemos retroceder al comienzo con los consiguientes daños a la salud, economía, relaciones sociales... Tomando las medidas debidas por parte de oriundos y visitantes, evitaremos incurrir en esos odios y rechazos al vecino, al forastero, que quizá ni lo sea. Pues no menos perniciosa que la segregación por raza, tendencia sexual es, en estos momentos, la fobia al madrileño, una especie de xenofobia.

De no ser respetuosos unos con otros, residentes y visitantes, en ambas direcciones, regresaremos al Medievo de la peste. Nos instalaremos en el infierno.

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