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Levante-EMV

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Que los gobiernos y sus presidentes cuenten con asesores es la cosa más natural del mundo si tenemos en cuenta la ignorancia supina de la clase política dirigente sobre cualquier aspecto que forme parte de la vida de los ciudadanos. O de su muerte, teniendo en cuenta el avance de la pandemia del coronavirus que no se detiene con nada. No saben nada nuestros jerarcas de sanidad, por supuesto, pero tampoco de economía y caben dudas razonables acerca de que les suene siquiera la que es la política con mayúsculas.

Pero lo que resulta más extraño es que esos mismos mandatarios ignorantes se dediquen a desacreditar en público a los asesores que ellos mismos han elegido y contratado, Acaba de suceder con Donald Trump, cómo no, que ha puesto a caer de un burro al epidemiólogo Anthony Fauci, que dirigió y, que yo sepa, aún dirige el grupo de especialistas en el control de pandemias encargado de intentar que los Estados Unidos escapen de la caída al vacío en que se encuentran. Tomando en consideración la manera como el propio presidente se ha manifestado de continuo, despreciando los riesgos de la epidemia y apostando por las terapias más peregrinas, no es de extrañar que el trabajo de Fauci haya servido de poco. Pero tampoco puede decirse que el especialista apostase por métodos de eficacia comprobada; bien al contrario, ahora se le echa en cara que Fauci minimizase en un principio la capacidad de infección de los asintomáticos o criticase entonces el uso de mascarillas.

Pero lo cierto es que en ese enfrentamiento difícil de explicar se une el hambre a las ganas de comer, si tenemos en cuenta que Trump apenas se ha retratado una sola vez con mascarilla y lidera el grupo de quienes podríamos llamar coronaescépticos. La cuestión sería anecdótica si no fuese por que los Estados Unidos superan ya los tres millones de infectados mientras en estados como Florida, uno de los que encabezan las cifras de nuevos contagios, se organizan manifestaciones en contra de que se les obligue a llevar mascarilla ¡en nombre de la libertad personal!

El verdadero problema no es, pues, que el presidente y su asesor choquen en público sino la absoluta incapacidad de Trump para manejar la situación. Con el agravante de que el planeta entero puede encontrarse con los Estados Unidos convertidos en una especie de reserva para mantener y diseminar las nuevas cepas del coronavirus que vayan apareciendo. Es verdad que el 3 de noviembre hay elecciones en el país norteamericano pero está por ver que la ineptitud rayana en el absurdo de Trump le impida ser reelegido. E, incluso si cae, no hay que dar por supuesto que el nuevo presidente tenga tiempo y recursos para revertir una situación que se ha convertido ya en la gran tragedia nacional.

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