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Julio Monreal

Bienvenidos al Sur

La etapa inicial de la administración autonómica arrancó a trompicones en Alicante. En los años 80, un cierto sentimiento de agravio con respecto a València se asentó en esa capital, temerosa de que la descentralización consistiera en pasar el centro desde Madrid a la ciudad del Turia. Nace ahí el «Puta Valencia» que se coreaba en las gradas del estadio del Hércules CF y que sonaba aún más alto a medida que una conexión aérea pasaba de El Altet a Manises o una línea marítima se mudaba en el mismo sentido. Era el sentimiento de lo que hoy sería «València ens roba».

Más de tres décadas después, Alicante vive una efervescencia que está sentando las bases de un futuro innovador, sólido y capaz de atraer talento e inversión mientras la capital de l'Horta dormita con las rentas de un pasado patrimonial y agrícola dejando escapar oportunidades que otros aprovechan.

En los 80, el entonces alcalde de València, Ricard Pérez Casado, se ganó el apodo de «faraón» por sus sueños de grandeza, pero él y su equipo tenían claro que las ciudades compiten entre sí, tenían una idea en la cabeza y la pusieron en marcha con el Jardín del Turia, los grandes contenedores culturales y la apertura de la ciudad al mar. Rita Barberá, alcaldesa durante 24 años, ejecutó los proyectos de ciudad del plan general de 1988 pese a sus profundas discrepancias ideológicas con los socialistas. Pero hoy la nave de València parece navegar sin piloto ni tripulación. Sólo las políticas de movilidad emergen sobre la modorra de una ciudad que no crea nuevo tejido productivo y está perdiendo bazas cuando debería estar aprovechando debilidades de vecinas como Madrid y Barcelona, y poniéndose en valor en Europa y el mundo entero.

El penúltimo triste episodio en esta pérdida de competitividad como ciudad es el establecimiento del denominado Campus 42Alicante en la capital del Sur de la Comunitat Valenciana, cuyo proyecto presentaban esta semana el presidente Ximo Puig y la directora general de la Fundación Telefónica, Carmen Morenés, en el Distrito Digital de la capital. Se trata del cuarto campus de formación en programación y tecnología de la compañía que preside José María Álvarez-Pallete después del abierto ya en Madrid y los que próximamente se podrán en funcionamiento en Málaga y Vizcaya.

Unos 3.500 metros cuadrados de complejo, 600 estudiantes, gratuito, presencial y abierto las 24 horas del día, todos los días de la semana, para cultivar «las oportunidades laborales de programación y tecnologías como la ciberseguridad, el Big Data, la Inteligencia Artificial, el Blockchain o el IoT, entre otras. Es un método pionero y disruptivo, basado en el aprendizaje entre pares, la gamificación y el autoaprendizaje, que llega avalado por el éxito del 100% de inserción laboral en más de veinte países», según la referencia oficial del proyecto.

Hace meses, los responsables de Telefónica entraron en contacto con el gobierno municipal de València. Buscaban espacio y calor para su campus pero no hallaron respuesta satisfactoria a sus expectativas. El ayuntamiento alega que no tiene suelo terciario que ofrecer a empresas que quieren instalarse e invertir. No puede extrañar. La Marina está mortecina, bloqueada a la espera de la solución del millonario préstamo para el que no llega la condonación. El futuro barrio del Grao no arranca. Los concejales del Pacto del Rialto le tienen miedo a las alturas de los rascacielos por si les acusan de especuladores proladrillo. Compromís aborta directamente cualquier proyecto que implique construcción o desarrollo urbanístico (Benimaclet) y los socialistas de Sandra Gómez, que nunca han compartido esa posición -Ximo Puig en la sede de UGT-PV: «Hay que promover proyectos que creen empleo»- ahora asienten por convicción o para evitar el conflicto con los socios.

Sea como fuere, la Sociedad Proyectos Temáticos de la Comunitat Valenciana (que solo promueve y gestiona iniciativas para la provincia de Alicante) se ha llevado el gato al agua y la Fundación Telefónica monta su 42Campus en el Distrito Digital, que también se apellida «de la Comunitat Valenciana» pero que tiene toda su energía en la capital del Sur.

Y no es sólo el campus para 600 alumnos de tecnología. Es el polo de desarrollo que se configura y que pronto (si no lo está ya) estará en condiciones de absorber como un remolino cuantas iniciativas se produzcan o puedan producirse en su ámbito a 2o0 kilómetros a la redonda. Porque la apuesta tecnológica del Distrito Digital se suma al polo de la inteligencia artificial que capitanea Nuria Oliver, a la Euipo, la oficina de marcas de la Unión Europea y a otro paquete de iniciativas y oportunidades más modestas. Hasta el complejo de ocio con cines y locales Panoramis, radicado en la zona portuaria de Alicante, se va a reconvertir en espacio de oficinas y coworking, porque donde hay tejido afloran tapices y ricos paños.

El avance de las telecomunicaciones y el abaratamiento de las comunicaciones físicas (tren, avión...) representan una auténtica revolución porque permiten a las personas con cualificación y responsabilidad residir donde les apetezca, donde les sea más grato, si pueden mantenerse conectados. El talento viaja, y lo hace donde se generan ambientes innovadores y emprendedores, donde se localizan posibles relaciones y oportunidades. En la Comunitat Valenciana ese polo vira hacia Alicante y se aleja de València y el mapa político tiene también mucho que ver con ese giro. Tras la entrada de España en la Unión Europea, en 1986, el país adquirió el derecho de albergar sedes sectoriales de la organización. El Gobierno de Felipe González decidió que las dos que le correspondían, una de seguridad y salud en el trabajo y otra de marcas, irían al País Vasco y a la Comunitat Valenciana respectivamente. Bilbao se hizo con la primera y el entonces presidente valenciano, Joan Lerma, eligió Alicante para albergar lo que hoy es la Euipo, en un ambiente en el que la Generalitat intentaba, como aún hace hoy, coser a la Comunitat unas tierras del Sur con puntos de fuga, querencias, hacia Madrid y hacia Murcia por vínculos más económicos que históricos. Eduardo Zaplana apostó por su tierra de acogida primero en la Alcaldía de Benidorm y después desde la presidencia de la Generalitat con iniciativas como el parque Terra Mítica o la Ciudad de la Luz. Y Ximo Puig sigue los pasos de sus predecesores con una atención especial hacia «la provincia», en las que su socio y adversario al mismo tiempo, Compromís, tiene mucho menos peso que en Valencia y en Castelló y en las que puede jugarse el futuro gobierno autonómico de 2023. Con un partido como Ciudadanos en retroceso después de haber alcanzado cotas elevadas de representación en la provincia de Alicante, el pulso está entre el PSPV-PSOE y el PP, en el que emerge hoy como flamante nuevo presidente provincial el que lo es ya de la Diputación, Carlos Mazón, a quien los cronistas apuntan como sustituto de Isabel Bonig al frente de los conservadores autonómicos. Mazón no escatima esfuerzos ni recursos en el avance de su provincia, y así debe ser. Y Puig tiene la obligación de gobernar para todos, equilibrando impulsos y presupuestos. El problema es de quienes dejan pasar oportunidades para sus administrados cuando estaban en las mejores condiciones para aprovecharlas. Y eso exactamente es lo que está pasando en la ciudad de València.

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