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Real decepción

Creo que no me equivoco si digo que fuimos legión los que cursamos Primaria (entonces EGB) y Secundaria (BUP para los coetáneos) con el retrato de Juan Carlos de Borbón pendiendo sobre nuestras cabezas cual espada de Damocles. Ocupando un lugar preferente en las blancas paredes de las aulas, a veces solo y en ocasiones acompañado de su santa, el entonces Rey, después emérito y ahora no sabría muy bien cómo referirme a él, vigilaba desde su alcayata todos nuestros movimientos con un gesto entre serio y afable, lo que después se acuñaría como el campechanismo al que tanto rédito le ha sacado a lo largo de su reinado.

Los hay en mi generación que recuerdan el tránsito fotográfico del dictador al monarca, lo que aseguran que se vivió cual revolución, algo así como el paso de la edad media a la moderna. Yo no me acuerdo. El cambio de cuadros me debió pillar despistada y para mí es como si Juan Carlos I siempre hubiera estado ahí. Lo mismo que la pizarra o los pupitres. Era parte del mobiliario y me acostumbré a su presencia enmarcada como al mapa de España con el que compartía tapia.

En mi familia no éramos monárquicos. Ni republicanos. En realidad no éramos de nada. Pero no nos perdíamos ni un acontecimiento de la familia real que echaran por la tele. Primero en blanco y negro y luego a todo color. La infancia de los hijos, las navidades en la Zarzuela, los casamientos, los posados veraniegos en Miravent, el 23-F, las operaciones y hasta las caídas, incluso la de Botswana. Como si fuera uno de los nuestros. Como lo sentían miles de españoles que más que monárquicos eran juancarlistas. Aunque no lo supieran. Por eso decepciona más el epílogo real y esta tocata y fuga aderezada con un oscurantismo que no nos merecemos. Porque una cosa es descubrir que los reyes son los padres y otra llegar a la conclusión de que en realidad nunca existieron.

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