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Ruido

Observo con distancia vacacional lo que sucede en mi ciudad y me pregunto si para cuando regrese la avenida que diariamente transito ya no se llamará Juan Carlos I. Siento que el debate sobre el nombre de esta vía consustancial a mi vida cotidiana es ahora prematuro. Ruido frente a la cuestión que nos importa y duele. Quisiera que el Rey emérito se explicara. Es lo que corresponde.

Ya sé que su salida al extranjero es una explicación tácita, como la renuncia de Felipe VI a la herencia de su padre. No se renuncia a lo ético, legítimo, al legado paterno. Eso insufla el valor de los valores. Se renuncia a lo dudoso, al lastre, a lo que no te identifica.

Juan Carlos de Borbón bien podría pasar gran parte de su vida en el extranjero, el asunto no nos ocupa. Es un señor jubilado, le presuponemos en sus júbilos. Pero él lo anuncia. Quizás esté donde estaba ayer pero hoy con un significado extra que él le da y nos obliga a los demás a formular. Ha sonado a huida avergonzada.

No huye de la justicia, no le tiene que rendir cuentas. Seguramente nunca habrá de hacerlo ante un tribunal. ¿Eso es suficiente? No lo es, en mi opinión. No al menos para quienes apagamos la luz la noche del 23-F después de escucharle. Para quienes valoramos su papel en una Transición que quizás pudo hacerse de otra forma -rediseñar el pasado es tarea fútil- pero se hizo de aquella y recuerdo a todos arrimando el hombro como llamados por una única voz.

Nuestra opinión importa. No somos jueces, sí ciudadanas y ciudadanos que damos sentido a un modelo de convivencia, hasta el punto de que hemos aceptado una institución cuya máxima representación goza de una impunidad inusitada sobre la cual reparamos ahora. Tal vez se le atribuyó cándidamente ética y estética. Hoy ya conocemos el peligro de atribuir y presuponer; los valores actuales son prevenir y auditar. Hay que modernizarse.

Felipe VI lo sabe. Está mejor preparado que su padre pero no tiene su crédito. Posiblemente sea el primer monarca de nuestra historia que se siente trabajador por cuenta ajena. Las monarquías sin interrupciones pudieron construir inmensos patrimonios sobre guerras, colonias, prebendas. Las modernas, si estamos dispuestos a aceptarlas, habrán de obrar con exquisita transparencia para ganarse sus rentas.

Sí, nos merecemos más que explicaciones tácitas y un mar de ruidos. El ruido de las ausencias, de dejar que hablen otros, se creen trincheras y maquinen revanchas. Quien debe explicarse se ha ausentado.

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