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Generación Decatlhon

Creo que en un artículo anterior conté la negativa de mis alumnas y alumnos a que se les viera en pantalla en las videoconferencias en las que se explicaban asuntos de la asignatura que impartía durante el confinamiento o se hablaba de la evaluación, realización de trabajos, etc. He constatado que otros compañeros tuvieron el mismo problema. Reconozco que me sorprendió: en tiempos de facilidad de acceso a la imagen y de utilización múltiple de artefactos y aplicaciones para ello, se produce una escisión entre la voluntad de mostrar el rostro para la distracción o los placeres de la vida y otro para el estudio o el trabajo. Finalmente tuve que imponerme para asuntos relacionados con el examen: no estaba dispuesto a hablar con voces fantasmas. Pero esa ruptura debe significar algo. Algo probablemente en trámite pero acelerado por las peculiaridades del forzado encierro. Seguramente muchos -y no sólo jóvenes- han descubierto los placeres del chándal, aunque no esté tan adornado como el de Rosalía.

La sensación de que la estética doméstico-deportiva se prolongaba tras el encierro estricto se puso de manifiesto en los días de la desescalada. Cualquier paseo por nuestras calles era una explosión de fucsias, limones eléctricos y rojos apasionados mezclados con negros azabaches. Si por un lado los goces de la comodidad reclamaban su espacio, también estaba presente la ilusoria creencia en que la simple vestimenta es una manera de entregarse a las virtudes del deporte, tras tantos días de anquilosamiento y tendencia distraer el ocio con alimentos dulces. La estética deportiva se convierte así en una opción moral: el ciudadano desescalado es alguien sometido a la batidora de la austeridad emocional y cognitiva para, después, sentirse obligado a hacer ostentación de su, pese a todo, buen estado físico. Por lo demás, en chistes, memes y alusiones eruditas al teletrabajo, la corbata o las faldas eran las víctimas de la nueva época: teletrabajar era la programación de un torpe desaliño indumentario, una poética revuelta contra la ingratitud de los roles establecidos a través de las vestimentas. Tras años de sufrir los embates de la moda como gran reguladora de conciencias y animación al gasto, las camisetas de tirantes y los pantalones cortos son las banderas de una rebelión cómoda, compatible, por lo demás, con puntuales arreglos de cintura para arriba y con maquillajes que aún se consideran indispensables.

El confinamiento se ha convertido en un tiempo que regula las nuevas fronteras entre lo público y lo privado. Como también hubo "fases" de descomprensión y un persistente miedo a que regresen fórmulas de encierro, esas fronteras no acaban de estar definidas: no es tan fácil encomendar el papel de mediación universal a las pantallas que, pese a todo, no dejan de ser provisionales remedos de una proximidad cantada en los balcones y sugerida en las redes por miríadas de desoladísimos poetas de lo cotidiano, ávidos de dejar constancia de su afecto a los abrazos, con chándal, traje de chaqueta o, casi mejor, desnudos. La cuestión es si nos vamos a "arreglar" para las pantallas, si mostraremos nuestra intimidad disfrazándonos de lo que fuimos u ostentando camisetas viejas. Y quizá sudadas, si la llamada entrante te pilla en una sesión de mancuernas o de gimnasia dirigida por una estupenda profesora californiana a la que miras por otra pantalla. Este harén de pantallas y el vértigo de ir de una para otra acabará siendo una forma reconocida de deporte. Quizá olímpico. (Del fútbol no hablaré, que los futbolistas célebres gastan en ropas más que cualquier otro millonario y por lo tanto sería otra cosa lo que nos ocupara). En fin, no quiero imaginar si un hipotético nuevo confinamiento llegara a Navidad y la explosión creativa de chándals de Papa Noel y camisetas modelo Tres Reyes a la que íbamos a asistir. Amazon vendrá en camello para asegurarnos nuestras fantasías deportivas más textiles.

Y como todo no puede ser malo, hay que afirmar que esta despreocupación por la imagen, sumada a las mascarillas, está suponiendo un cierto golpe a los selfies. Desde luego hay quien se selfiea para mostrar su nueva camiseta o sus calzones de boxeo. Incluso quien lo hace con la mascarilla puesta, llevando a lo carnavalesco lo meramente higiénico. Pero no cabe duda de que si la sociedad ha aprendido algo de este terrible momento, debería ser que es bueno reducir el narcisismo y volver los objetivos de máquinas y móviles al exterior. Como Expediente X nos enseñó, la verdad está ahí afuera. Y no en los aburridísimos rostros, repetidos más que una postal de la Gioconda, de artistas y famosos profesionales. Y políticos. Si la pandemia hiciera que decayera para siempre la costumbre de algunos políticos de contaminar las redes con sus selfies -con o sin animales de compañía en el regazo- habríamos avanzado mucho, pues quien está tan preocupado por su yo, fácilmente olvida sus circunstancias.

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