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Los rebrotes, tsunami del Covil-19

La OMS publicó el pasado 15 de agosto (EFE, Madrid) los datos más preocupantes sobre la evolución de la pandemia Covid-19. Y es que en el planeta, se ha llegado a un número estratosférico de 20,9 millones de contagios y más de 760.774 fallecidos, siendo alarmante el avance diario de contagios, él último día 286.000 nuevos casos, y el número de fallecidos notificados el 15 de agosto supera los 10.000. El poder de infección es devastador. Y desde un principio no se ha comunicado la dimensión del problema de una forma clara.

Ante una nueva alarma de pandemia, las autoridades médicas son las más indicadas para proteger a la población, puesto que su especialidad les facilita el conocimiento del comportamiento del virus. Y sus recomendaciones son las más adecuadas para defenderse del contagio.

En los países que han sufrido las interferencias informativas de otros estamentos sociales, la concienciación de la población es más difícil. De hecho, en investigaciones de psicología social, sobre cómo actúan las mentiras en la población, se afirma que cuando la gente se ha creído una mentira sobre algo a base de escucharla muchas veces, posteriormente les será muy difícil creer la verdad. Ya lo decía Goebbels (1897-1945), "una mentira repetida mil veces se convierte en verdad". Y desde el primer momento, a pesar de todo lo que se estaba sabiendo de países asiáticos y de Italia, se ha transmitido una información muy confusa.

Actualmente, virólogos y neumólogos afirman que si toda la población, desde un primer momento hubiera llevado mascarillas y cuidando las otras pautas como gafas, distanciamiento social, y evitando aglomeraciones, y lugares cerrados, en España hubiera habido una cifra muy inferior de contagios y en consecuencia, fallecidos. Además la problemática que ha arrastrado la información errónea y tan contradictoria, es que ha confundido a la gente, y más aún a los sujetos más inmaduros e irresponsables, jugando con su vida, la de su familia y de la sociedad.

Según J.B. Rotter, psicólogo estadounidense, (1916-2014), la gente con "locus de control interno" creen que lo que les ocurre depende de sus propias acciones, se centran en sus esfuerzos, habilidades y responsabilidad personal. Con ese factor central de personalidad, se hacen cargo de su vida, de las propias medidas de protección y toman buena nota para alcanzar sus objetivos, y en este caso gestionan mejor sus barreras de protección frente al COVID-19. Mientras que las personas con "locus de control externo" se confían más en las pautas que les vienen de fuera para cuidar de sí. Creen más en la suerte, los poderes externos, el destino, el azar, y decisiones ajenas.

Esta distorsión de personalidad de la gente con "locus de control externo", les dificulta para creer y aplicar su propio esfuerzo y su control para lograr sus objetivos, como si lo que les ocurre fuera ajeno a su comportamiento. Actitud demasiado abundante hoy en la población, con impulsividad y caprichos, expandiendo el contagio. Y las consecuencias son más casos y debacle económico. Se precisa un cambio apropiado en la gestión, para proteger a los que sí cumplen.

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