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Conectando con los sentidos

Desirée González Concepción

Desirée González Concepción

Vivimos en la era de la comunicación, vivimos conectados y localizados a todas horas. Móvil, whatsapp, redes sociales, plataformas de contactos… Mostramos sin pudor nuestro lado más fotogénico al público en general en busca de aceptación y reconocimiento. Nunca antes había habido tantas posibilidades para poder interactuar con los otros. Sin embargo, nunca antes había habido tantas personas aisladas o que se sienten solas. Precisamente es ahí donde hoy quiero llevar mi reflexión, hacia el descubrir nuestra capacidad de sentir sin necesidad de vivir expuestos a la aprobación de los demás.

Ante tanta vorágine de información y de relaciones sociales creo que hemos logrado un efecto nefasto; hemos salido de nuestro centro para convertirnos en clones, desligándonos de nuestro propio ser. Vivimos desensibilizados, lo racionalizamos todo y no nos permitimos fluir. Por eso nos aventuramos y nos enganchamos a actividades que nos invitan a experimentar “emociones fuertes”, porque deseamos volver a sentir.

La respuesta siempre la encontramos en los más pequeños. Los bebés experimentan la vida a través de sus sentidos. Tocan y se llevan todo a la boca, miran sus manos y sus pies durante horas, se asustan con los sonidos estridentes y son sensibles a los olores fuertes o desagradables. Desde su innata condición de ingenuidad e inocencia permanecen abiertos al sentir. Sentir es lo natural para ellos, existe entonces una armonía consigo mismos y con el entorno.

Los adultos, por el contrario, casi hemos inhibido nuestros sentidos. Con frecuencia un aroma, un sabor o un sonido nos trasladan a un mundo de recuerdos. Posiblemente recuerdos de nuestra infancia donde nos hacíamos más felices que ahora. Como consecuencia, nos desagrada evocar tiempos de ayer por aquello de…”cualquier tiempo pasado fue mejor”. Por otra parte, nuestro ritmo acelerado nos obliga a ignorar muchas sensaciones, estímulos que casi pasan desapercibidos: comemos sin apenas saborear, cámara en mano tiramos cientos de fotos en detrimento de poder recrearnos en el paisaje, el ruido incesante evita que escuchemos los sonidos de la naturaleza, la contaminación y los aromas artificiales producen un distanciamiento de nuestro sentido del olfato. Además el Covid y nuestra poca costumbre de tocarnos hace que nuestro mayor órgano, la piel, pierda sensibilidad día a día. Por ello ya no nos valen los estímulos sutiles y delicados; un suave olor, una caricia, un roce espontáneo…Casi necesitamos una descarga eléctrica para vibrar, para sentir. Nuestra enorme coraza nos mantiene flemáticos, impasibles, incapaces de percibir la belleza de lo que nos rodea. Y no quiero olvidar el sentido más descuidado: el propioceptivo. Ese sentido por el cual tomamos conciencia del estado interno del cuerpo y muchas veces reprimimos en exceso, traduciéndose en falta de concentración, inquietud, falta de autocontrol y autoestima entre otros. El vivir de cara a la galería impide todo contacto con ese sentido esencial y de esta manera conseguimos desvincularnos totalmente de nuestro Yo.

Me parece imposible que perdamos nuestra capacidad de sentirnos vivos, personalmente me niego a perder la espontaneidad de un niño. La naturaleza nos lo muestra de forma fehaciente; los animales se relacionan estrechamente con sus sentidos, en muchos casos su supervivencia depende de esos sentidos totalmente afinados y adiestrados. Solo es cuestión de observar, observar e imitar conductas de seres que no están contaminados por esta sociedad indiferente. Alimentar pequeños placeres para volver al reencuentro de hermosas sensaciones y despertar al fin. De otra manera, ¿qué sentido tiene vivir sin saborear la vida con todos nuestros sentidos?

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