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Matías Vallés

Doblegadores de curvas en Madrid

El sida descubrió las variedades de un virus de derechas y otro de izquierdas, que ahora se trasladan al coronavirus

Parece mentira que siete meses después del advenimiento, nadie acierte a escabullirse del laberinto escrito del coronavirus. Claro que cuando se advierte que la alternativa consiste en hablar de Rajoy, la mirada se vuelve rauda de vuelta a la pandemia. Con lo que se aburrió en La Moncloa su penúltimo habitante, para que encima le amenacen con acciones penales por su desempeño. Además, sus herederos en el PP y en el palacio han obrado el prodigio de forjar un debate político sobre las incontrovertibles verdades científicas.

A la poco taurina hora del mediodía de ayer, Isabel Díaz Ayuso y Salvador Illa propusieron dos métodos antagónicos para combatir la pandemia. La presidenta al pan pan y el ministro que siempre habla con acento circunflejo han descubierto dos tratamientos que se ajustan curiosamente a sus talantes respectivos. Abrir o cerrar, seguir como quien oye llover o encerrarse en el refugio nuclear.

La presidenta madrileña y el ministro han decretado la libertad de culto científico. La comunidad considera que la pandemia se supera con un suave masaje, y el Gobierno propone el electroshock. Por supuesto, siempre que los electrodos le sean aplicados al enfermo por Díaz Ayuso. Este conflicto de competencias o incompetencias coincide en la programación con el informe de The Lancet, en rima consonante con un estudio anterior de la universidad de Cambridge, que descalifica por comparación la gestión española. Las gestiones, visto que hay más de una.

Entre las nuevas profesiones que han amanecido con la pandemia, ninguna más atractiva que el oficio de doblegador de curvas. Los maestros de esta arte pandémica se incorporarán pronto al reparto obligatorio de las películas de superhéroes. Illa y Ayuso retuercen una barra metálica desde extremos opuestos, ambos quieren atribuirse el mérito de doblegar la silueta curvilínea que mide los nuevos contagios diarios. El casticismo de Ayuso y el enfoque filosófico de Illa compiten en el abordaje de una cuestión que se imaginaba a vida o muerte.

No puede extrañar el pasmo de la audiencia ante la riña capitalina y capitolina, porque al menos uno de los dos contendientes peca de irresponsable por trivializar o exagerar la tragedia. Por lo visto, todo vale para derrotar al coronavirus. Por fortuna, el asombro puede corregirse con un somero recurso a la memoria histórica. En el momento de mayor ansiedad de los años ochenta, el sida alentó la aparición de un virus de derechas y otros de izquierdas. En la postulación conservadora, mirar con lascivia a cualquier ser humano debilitaba la inmunidad y obligaba a someterse al famoso test Elisa. Para los progresistas, ni siquiera el sexo ocasional merecía una preocupación superlativa. Está mal recordarlo, pero se adoptó el consenso de reducir el VIH a la indiferencia, probablemente por hartazgo mediático. De hecho, y perdón por la impropiedad, el citado síndrome sigue matando con más saña que el coronavirus.

En la reducción de la epidemiología a la ideología, Madrid apuesta a que esto pasará y el otro Madrid a veces llamado España se instala en el paroxismo de una situación límite. Se enfrentan la propuesta puntual y la integral, el parcheado y el aplastamiento. Bienvenido sea Illa a la convicción de cerrar la capital donde la covid campa a sus anchas. Sin embargo, se le podría reprochar que había razones más poderosas para confinar individualmente la capital a principios de marzo, solo que la decisión dependía entonces del Gobierno y no de Ayuso.

En medio de la dictadura estadística, la disputa entre los doblegadores de curvas Illa y Ayuso puede expresarse en términos numéricos. Las zonas donde la comunidad establece restricciones balsámicas multiplican por veinte el índice que Merkel impuso como innegociable para adoptar medidas quirúrgicas. Según el ministerio, decuplicar las indicaciones alemanas ya obliga a una intervención generalizada. Se trata pues de determinar si la colisión contra el muro es preferible a 250 o a 300 kilómetros por hora.

No importa tanto quién tenga la razón, sino la coexistencia pacífica de dos razones adversas. La tendencia actual ofrece unos datos desbocados, en unos días se sabrá si el Gobierno incurrió en un alarmismo denunciable o si el ejecutivo regional sufre de parálisis ante unas cifras terroríficas. Pese a las reticencias, el comportamiento de los afectados continúa siendo ejemplar. Israel se ha convertido en el primer país que decreta un encierro generalizado en la segunda oleada, y ha desplegado al ejército para cumplirlo. Los diagnósticos contradictorios de los doblegadores Illa y Ayuso demuestran que en España no habrá un segundo confinamiento, salvo que el virus decida lo contrario.

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