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María Domínguez

Lo dicho, dicho está

Si todos fuéramos conscientes del poder de las palabras, no las trataríamos de igual modo. Muchas veces, ni las pensamos. Las vamos escupiendo por ahí como cuales cáscaras inservibles de pipas. Si nos paramos a pensar, las cosas más importantes dependen de las palabras que escuchamos o pronunciamos. Desde la docencia, pongo un claro ejemplo: Si yo a un niño le digo:

-¡Otra vez sin los deberes hechos! ¿No te das cuenta de que es tu obligación? ¿Pero por qué no los apuntaste?

Probablemente, mañana llegue a clase con su libreta de nuevo en blanco. Ahí entra en juego el poder de mi lenguaje. Utilizaré otras palabras para el mismo fin. Entonces escuchará:

-Con lo inteligente y responsable que tú eres, estoy segura de que llevarás al día tu tarea.

¡Ese alumno (probablemente por no decepcionarme) empezará a traer sus deberes hechos de la mejor manera que sabe o puede. Lo queramos o no, nuestras palabras están cargadas de intención y contenido. A cada momento salen por nuestra boca, pero no olvidemos que antes nacieron en el corazón. Con las palabras se fortalece, construye, anima, pero también son ellas las responsables de la preocupación, la tristeza o el distanciamiento. Con las palabras podemos hacer cielo a nuestro alrededor o ensombrecer un ambiente. Cuando esta noche estés en la cama, (bueno o por la mañana si es que estás a turnos) piensa un momento en la cantidad de mensajes que emitiste a diferentes receptores. ¿Qué palabras utilizas más? ¿Con qué tono las dices? ¿Cuál es su intención? Todas y cada una de ellas hablan por ti, de ti, de cómo eres y sientes. Una vez que las nombras, son tuyas, a nadie más le pertenecen. ¡Enamora con tus palabras! Tal vez mañana vuelvas a decir lo mismo aunque con otras diferentes. Será entonces cuando te des cuenta del don que posees y del poder que encierran. Recuerda silenciarlas si estás de mal humor, en ese estado no suelen agradar y no habrá oportunidad de reemplazar lo que digas, aunque sí rectificarlo si sabes utilizar otras.

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