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Josefina velasco Rozado

Entre mitos, cruces y ritos centenarios

La historia de la Fiesta Nacional y su proyección hispanoamericana

Hace unas fechas se celebró, con los actos menguados por la persistente pandemia, la Fiesta Nacional. La ley de 1987 que oficializó el 12 de octubre como Día de la Fiesta Nacional no partió de algo nuevo y traído al azar, sino de un relato anclado en la Historia con un recorrido muy largo. Decía la escueta ley que la fecha "simboliza la efemérides histórica en la que España, a punto de concluir un proceso de construcción del Estado a partir de nuestra pluralidad cultural y política, y la integración de los Reinos de España en una misma Monarquía, inicia un período de proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos". La unanimidad en la propuesta no se logró pese a buscar en el pasado lejano de 1492 un motivo de orgullo general.

Prácticamente todos los estados del mundo tienen su celebración nacional. Relacionada con su revolución o unificación (Canadá, Francia, Finlandia o Rusia) o con su constitución como estado, con su independencia (la mayor parte de América, incluyendo Estados Unidos, casi toda África, parte de Medio Oriente o este de Europa), su unificación (Alemania), su santo patrono (Irlanda), su emperador (Japón) o el solsticio de verano (Groenlandia). Es la fecha simbólica de la unidad ciudadana.

En el caso de España, la fecha elegida había sido utilizada ampliamente en los últimos cien años. Primero se llamó Fiesta de la Raza, luego de la Hispanidad y finalmente Fiesta Nacional. Cuando los campos de Europa humeaban todavía por el fuego de la Primera Guerra Mundial y la terrible gripe, mal llamada "española", hacía estragos ya, el presidente Antonio Maura confirmaba en junio de 1918 que el 12 de octubre de cada año sería celebrado como Fiesta de la Raza, en alusión a la identidad, a la lengua y pasado comunes a España e Hispanoamérica. De algún modo aquello era un bálsamo a la sangrante herida abierta por la pérdida de las últimas colonias que tanta quiebra de ánimo produjeron en la "generación de 1898". Antes de perder Cuba y Filipinas, en 1892, se había convocado fiesta el 12 de octubre conmemorando el cuarto centenario del Descubrimiento. La idea de acordar una festividad conjunta había partido de allende el océano. España había reconocido en goteo incesante desde 1836 (México) la independencia de cada una de las repúblicas. Poco después, con aportes de inmigración española nuevos creció la necesidad de regenerar lazos comunes. Desde principios del siglo XX los encuentros intelectuales entre ambas orillas se hicieron más frecuentes. En 1909 Rafael Altamira, profesor de la Universidad de Oviedo, visitó en gira universitaria Argentina, Uruguay, Chile, Perú, México y Cuba. La idea de Altamira era aparcar "la influencia absorbente, y dominadora" colonial y convertirla en un patriotismo cultural común. Las universidades americanas y españolas se acercaron. Sin ser un viaje de Estado, hasta el monarca quiso conocer lo sucedido. Rafael María de Labra, antiesclavista combatiente, promovió lo que llamaba "Intimidad Iberoamericana" fundando y dirigiendo la "Revista Hispano- Americana", sumada a otras como la longeva "Ilustración Española y Americana" (1868-1921). Aquella manifestación de unión histórica, lingüística, familiar fue entendida como "raza hispánica", que aunó a profesores universitarios e intelectuales de sectores progresistas aunque tuvo réplica en fuerzas indigenistas que veían en ello un neocolonialismo. Sin embargo, ya España no ofrecía el peligro que muchas repúblicas empezaban a percibir en la influencia anglosajona a través de USA, el "Coloso del Norte". Las ideas regeneracionistas y de renovación pedagógica de la Institución Libre de Enseñanza estaban tras muchas de las iniciativas de acercamiento cultural.

En 1916 el gobierno argentino de Hipólito Yrigoyen decretó al 12 de octubre fiesta nacional del "Día de la Raza" en homenaje a España "progenitora de naciones, a las cuales ha dado con levadura de su sangre y la armonía de su lengua una herencia inmortal". La proliferación en otros ámbitos del término de raza, referido a criterios más étnicos que de comunidad, produjo reticencias, como las de don Miguel de Unamuno. Ramiro de Maeztu, respondiendo a quienes temían por parte de España un resurgir colonial, retomó el viejo término Hispanidad que el sacerdote Zacarías de Vizcarra había rescatado en 1926, y lo aplicó al nuevo entendimiento.

El regeneracionismo americanista de fin de siglo extendió su acción al principio del XX. Las repúblicas hispanoamericanas, latinoamericanas o iberoamericanas (términos con matices interesantes) buscaron anclaje en su "recuperación de las raíces hispánicas". Así en el marco de la conferencia panamericana (se celebraron desde 1889-1954) de Montevideo de 1933 se presentó la "Bandera de la Raza" diseñada por un militar uruguayo que sobre fondo blanco de paz, sol inca y tres cruces moradas en alusión a las naves colombinas pretendía representar a la comunidad global hispanoamericana. Ni la bandera, ni el himno tuvieron un gran recorrido, sin apoyo por parte de la II República Española y poco entusiasmo allá. Vino a ser una significativa anécdota.

Tras la guerra civil, la necesidad de la dictadura por buscar legitimidad mítica llevó a la apropiación de personajes y hechos históricos de engrandecimiento de la España y su cruz sobre la anti-España. Sin su permiso, claro, Pelayo, Viriato, los Reyes Católicos o los descubridores y conquistadores, Covadonga, Numancia o Lepanto pasaron a las filas del régimen, lo que les valió inmerecida mala fama. Se siguió celebrando la "Fiesta de la Raza", como orgullo patrio hasta 1958 en el que se transformó en "Fiesta de la Hispanidad", tal vez en consonancia con la necesidad de dar otra cara, exenta de connotaciones "raciales", al franquismo, que había sido admitido en la ONU (1955), tras los acuerdos de Madrid (USA- España 1953-1955), y preparaba la visita del presidente Dwight Eisenhower para 1959. La coincidencia además siempre de la efeméride colombina con la religiosa Virgen del Pilar promovía un doble orgullo.

Desde 1978, el europeísmo español, obligado casi por lógica geográfica, se quiso complementar con el mantenimiento de los lazos hispanoamericanos. En 1991 se estrenaban las Cumbres Iberoamericanas (hispano-portuguesas, más estados asociados y observadores o invitados, según los temas a tratar) que fueron anuales hasta 2014 año en el que se convirtieron en bienales. Salvo tres países, todos han cobijado alguna Cumbre y algunas ciudades o estados, con resonancias históricas innegables (Cartagena de Indias, México o Chile), lo fueron más de una vez, como anfitrionas fueron España o Portugal. Resulta innegable que un cierto auge indigenista y revisionista, sin base en el conocimiento pero utilizado ampliamente para ocultar otras deficiencias, ha propiciado más de una desafección. La presencia y buen hacer de la Asociación de Academias de la Lengua y del Instituto Cervantes, amén de numerosos acuerdos de cooperación luchan por vencer resistencias de una comunidad cultural de indudable poder llamada a entenderse. Por encima de las vinculaciones indeseadas, el día de la Fiesta Nacional de España de 1987 no descabalgó el 12 de octubre sino que lo oficializó, necesitado el país de ese símbolo poco después de haber ingresado en la hoy Unión Europea o haber sido refrendada la entrada en la OTAN (1986). De algún modo, sin nombrarlo, España asumió la vinculación entre Europa y América, aunque el acento en lo nacional es predominante en la festividad. La dificultad para instaurar un rito nacional sobre un mito integrador unánimemente aceptado se mantiene. Y eso que méritos para serlo el 12 de octubre tiene suficientes.

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