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María Amengual

‘Auctoritas’

   Como soy rubia, a veces me pasa que dudo de si estoy entendiendo bien lo que oigo. Es decir, el mensaje que intentan transmitirme. Así que la cosa se complica cuando los anuncios son contradictorios. Estoy convencida de que la mayoría de ustedes se han comportado de manera razonablemente responsable desde que estalló la crisis sanitaria. De que, primero, se quedaron en casa. Luego, intentaron disfrutar de la vida al aire libre a la vez que protegían a sus seres queridos más vulnerables. No han hecho botellón, ni fiestas clandestinas. Ahora, no fuman por la calle y a medianoche están en casa. Siempre hay irresponsables, que son noticia. Porque es noticia que un hombre muerda a un perro y no que un perro muerda a un hombre. Destacamos lo inusual.

También tengo la opinión de que todos –o la mayoría– nos hemos saltado en algún momento alguna de las restricciones vigentes. Hablo en primera persona, sí. No hay multas para todos, ni aunque se denuncie. Porque no hay medios para vigilar el cumplimiento de las normas casa por casa y negocio por negocio, como no se cansan de denunciar los ayuntamientos, sobre todo los pequeños. De ahí, las continuas apelaciones a la responsabilidad individual para protegernos y proteger. Pero, si le han pillado, me apuesto la mano derecha a que ha tenido que asumir las consecuencias, cuanto menos pecuniarias.

Para muchos, cumplir con los preceptos ha supuesto la ruina –hay negocios que no han podido ni volver a abrir–. Para otros, perder el trabajo. La peor parte es para los que, incluso habiendo sido escrupulosos con las medidas, han perdido a sus seres queridos. Son muchos los profesionales que se han jugado incluso la vida; a sanitarios y profesores se les ha llegado a pedir que limiten sus contactos sociales fuera del trabajo. Después de más de siete meses, el horizonte no mejora. Los psicólogos ya avisan del hartazgo y el agotamiento que se apodera de la mayoría de nosotros y el peligro de que pueda suponer una relajación en el cumplimiento de las normas.

Suele decirse que educar a los niños con el ejemplo es la única forma de hacerlo. No suele funcionar aquello de «haz lo que yo te digo, no lo que yo hago». Por eso es tan grave el affaire de la presidenta Francina Armengol en el bar Hat. Si me apuran, lo de menos es qué significa «alrededor de la una». Lo más comprometido es que primero no se quisieran valorar «mentiras», que luego se sacara un comunicado reconociendo que alguien con problemas de estrés laboral termina cenas de trabajo de madrugada entre semana, a la vez que se pide «no entrar en temas personales», y que la máxima responsable de Salud tenga los redaños de decir que «cada uno puede hacer en su tiempo libre lo que considere». Yo, que soy rubia, habría jurado que llevo desde marzo sin poder hacer lo que me parezca oportuno. Pero no me hagan demasiado caso.

Los romanos distinguían entre potestas y auctoritas. La potestas era para quienes tenían la capacidad legal para hacer cumplir su decisión. En cambio, ostentaba la auctoritas aquella personalidad o institución que tiene capacidad moral para emitir una opinión cualificada y a quien se obedece, no porque sea obligatorio, sino porque sus resoluciones son sabias y justas; porque tiene legitimidad. El quid de la cuestión no es jurídico, sino moral. Por supuesto que las órdenes del Govern son de obligado cumplimiento. El daño irreparable es haber perdido la auctoritas para exigir nuevos esfuerzos a los ciudadanos. 

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