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Alfons Garcia

Jardín de poniente

No sabe cuánto tiempo lleva la pintura en la pared de su habitación. Se ha acostumbrado a no advertir su presencia. Pero la necesita. De pronto un día necesita encontrarse consigo misma y esos trazos y colores le recuerdan quién es. De qué época viene. 

Aquella pintura (es una reproducción la que cuelga en la pared, entre alguna mancha de humedad) le recuerda cómo descubrió el machismo. En el instituto les recomendaron ir a ver aquella exposición. ‘Antonio López’ se titulaba. No eran buenos tiempos, pero había que ir, les dijeron. No tendrían muchas oportunidades. Le costó convencer a su madre, pero una tarde a primera hora, esperando que no hubiera mucha gente, cogió la mascarilla y se fue. Recuerda que fue la primera exposición en la que tuvo que seguir las flechas del suelo obligatoriamente. Ella se desorientó un momento y vino rápido un vigilante a decirle de malos modos que se fijara en las marcas. Nunca las chicas desgarbadas y despistadas han sido objeto de mucho respeto. Antonio López, el del título, y sus cuadros le interesaron poco. Repetitivo y pedante, se dijo. El profesor le había elogiado su obra por su alto componente filosófico. A ella, sin embargo, le pareció un subrayado filosófico innecesario. Pero la exposición dedicaba dos pequeñas salas marginales a la obra de su mujer, María Moreno, también pintora, siempre a la sombra del cotizado marido. Pese a no estar en el título de la muestra, le fascinaron su delicadeza y su ausencia de pretensiones. Le maravilló especialmente aquel paisaje, que para ella lo resumía todo: ‘Jardín de poniente 3’. Entonces no lo supo, pero esa tarde empezó a escribir su tesis doctoral, ‘Pinceles en los márgenes’, sobre todas aquellas pintoras que en la moderna España de la segunda mitad del siglo XX habían quedado en los márgenes, arrinconadas en más de una ocasión por maridos que patrimonializaron su porción (mayor o menor, según el caso) de gloria artística.

Aquella pintura también le abría en ocasiones el cuarto oscuro de su memoria, aquel tiempo de ciencia ficción que no quería olvidar para mantener vivos a los perdidos. Nunca supo si fue en aquella exposición, pero por aquellos días se contagió, cuando explotaba la segunda ola de la pandemia. No tuvo síntomas. El mal llegó como se fue en su cuerpo, pero se hizo fuerte en el de su tío, el hermano mayor de su madre, aquel niño grande con los ojos rasgados y la lengua pastosa que había vivido siempre con ellos y que siempre había sido su escudo protector contra los infiernos. Su ángel humano. Todos se contaminaron en la casa, pero él acabó en una UCI, intubado. Una noche, el teléfono trajo la muerte. Sin funeral ni duelo. Unas cenizas entregadas en la puerta trasera del crematorio. Siempre pensó que fue la portadora de la muerte. Aquello la hizo más solitaria, pero los días le enseñaron a reconciliarse con la vida. Como a casi todos. Lo llaman supervivencia. 

Odió aquel tiempo como se desprecian los errores del pasado. Olía a tristeza y soledad. Pero ahora era capaz de apreciar su herencia positiva. Acababan de publicar una investigación que decía que el mundo sería hoy un cementerio tóxico y el colapso ambiental estaría a la vuelta de la esquina si no hubieran cambiado tras la famosa pandemia. La política también era menos tóxica. Menos engañosa. Antes de la epidemia había partidos a los que les tocaba decidir sobre los hospitales, los centros de salud, los colegios o las universidades pero creían que lo mejor era que se autorregularan, que el mercado mandara. Ahora, la sanidad y la educación públicas eran bienes intocables. 

Quizá era cuestión de tiempo que todo aquella regresara. Pasarían los años y volvería a suceder algo que fracturaría el orden del día. Eso dice la Historia. Volverían las improvisaciones, los giros de criterio y la pérdida de confianza de la gente al no detectar unión y orientaciones definidas desde arriba. Ahora le producía hasta una sonrisa todo aquello de desescaladas y reescaladas. Entonces había llegado a manifestarse contra tantas restricciones y había rebotado mensajes conspiranoicos. Ahora, en aquel museo de bellas artes que continuaba tan decadente como antes y como siempre hasta el fin de los tiempos y donde llevaba encadenando contratos como conservadora había encontrado cierta paz. Cierto perdón. No esperaba más para decirse feliz.

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