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Alfons Garcia

¿Hay alguien ahí detrás?

Los bomberos sofocan las llamas en un contenedor en Logroño.

Los bomberos sofocan las llamas en un contenedor en Logroño. EFE

Es una osadía escribir de lo que no se sabe y llevamos unos días casi todos los medios de comunicación afanados en desentrañar qué hay detrás de esas protestas que han surgido como de la nada y se han ido contagiando de ciudad en ciudad. No hay casi nada más atractivo para el ser humano (incluidos los periodistas) que el misterio. ¿Qué hay al otro lado de esa gente que sale a las calles de forma agresiva, se encara con los policías y, en algunos casos, rompe vitrinas y saquea (en modo baja intensidad)? ¿Quiénes son? Y, sobre todo, ¿quién los mueve? Es curioso. Los que estamos predispuestos a tragarnos la existencia de oscuras y poderosas manos negras detrás de estos altercados somos los mismos que ponemos el grito en el cielo frente a los que observan teorías conspiranoides detrás de esta triste y larga pandemia. ¿Y si no somos tan diferentes? Una de las consecuencias de este mundo tan polarizado de la era Trump es la facilidad para ver fantasmas al otro lado de nuestra ideología.

Hasta ahora, todo lo que en la prensa hemos podido decir a partir de informaciones policiales es que los participantes no responden a ningún perfil ideológico concreto. Quizá todo es más sencillo de lo que queremos ver, con un cierto afán además por asimilarnos al resto de Europa. Quizá es solo una conjunción azarosa de indignados de distinta raíz, desde la extrema izquierda y los antisistema a ultraderechistas con ganas de bronca y protagonismo. Que Podemos culpe a la extrema derecha y Vox y el PP responsabilicen al 15M y a Pablo Iglesias demuestra que el movimiento social los tiene tan descolocados como al resto de vecinos.

No magnificarla sería el primer rasgo de sensatez ante esta nueva realidad de la pandemia en España. No han sumado en casi ningún caso más de cien manifestantes a pesar del ruido provocado. No hay una mayoría social asaltando comercios y quemando contenedores para reclamar libertad.

El segundo sería no girar la cara como si no pasara nada. Más que si hay mucho alborotador semiprofesional, terraplanistas, antifas, ultras de fútbol o neonazis, lo preocupante es el poso que hay debajo, el caldo juvenil de incomprensión que puede estar hirviendo ahora mismo ante un túnel tan prolongado de incertidumbre, sin salida a la vista y con la perspectiva de más paro, más precariedad y más colas del hambre. Si ese sustrato cuaja en barrios obreros y deprimidos, la oferta contra la casta y el orden político establecido la representa hoy la ultraderecha, el partido más de orden policial y militar. Podría penetrar como el Frente Nacional en Francia y podríamos salir de esta extraña epidemia con un peligro de primer orden en nuestra estructura política. Si los partidos juegan a los coches de choque, los cambios de timón y la geometría territorial de la confusión, dentro de un tiempo quizá estemos echándonos las manos a la cabeza y preguntándonos cómo hemos llegado hasta aquí.

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