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   Despedirse es un tema que da de sí. La cantante Julieta Venegas, que tan bien toca los mimbres emocionales, dedicaba una de sus canciones a describir el final de una relación que había dejado de funcionar. No se llevaban mal, pero tampoco lo suficientemente bien. Gracias por lo vivido y adiós. Los mexicanos tienen facilidad para entonar despedidas. Pienso en Carlos Rivera y su Recuérdame y noto un runrún en la boca del estómago. Será porque ese adiós es el de alguien que se va definitivamente. Mi padre tenía una manera elegante de irse. Simplemente, se iba de los sitios. No llamaba la atención, pero dejaba un buen recuerdo. Mientras estuvo, lo dio todo. Mi hermano ha heredado esa cualidad.

En la época en la que yo salía de marcha, más o menos el siglo pasado, mi amigo Toni anunciaba que se iba al baño y ya no volvía. Quería evitar las despedidas engorro. Las de cuándo volveremos a vernos o por qué te vas si es demasiado pronto. Hay que saber decir adiós sin necesidad de justificarse. También en el siglo pasado, tuve un novio con el que invertía mucho tiempo despidiéndome. Escondida en el baño repetía el mantra de «no, cuelga tú primero», mientras alguien aporreaba la puerta. Como era de esperar, acabamos aburridos el uno del otro. Tuve otro con el que solo me besaba. Empezábamos en el hola y acabábamos en el adiós. La relación finalizó por cansancio mutuo.

El mundo del WhatsApp ha abierto la puerta a la complejidad y, como con los números, pueden hacerse combinaciones infinitas. Das las gracias y recibes un emoticono con el pulgar en alto. Envías una sonrisa y te devuelven una cara rodeada de corazones. Como te ves obligada a reconocer ese acto de amor, respondes con otra carita de ojos amorosos. Y, así, hasta entrar en un bucle infinito de quién da más besos, porque cerrar la aplicación mientras el otro está en línea es un gesto de mala educación.

Mi abuela me decía adiós alzando el brazo y deseándome que disfrutara de la vida. Yo le respondía con un hasta mañana y ella, que lo dejaba todo en manos de Dios, me replicaba que solo si Él quería. Mi abuelo nos acompañaba hasta el coche. Nos poníamos en marcha y él se quedaba en la acera, mirando cómo nos alejábamos. Me pregunto en qué pensaría al vernos partir. Yo también observo a mis hijos caminar sin mirar atrás, cuando les dejo en el cole. Que sean felices, pienso y, en homenaje a mi abuela, le ruego a Él que así lo quiera. Quizás, mi abuelo deseaba lo mismo mientras miraba el coche alejarse. La historia se repite.

Algunas despedidas son una liberación. Me gustaría ser mujer de las que saben dar un portazo. Además de ruidoso, es terapéutico. Como saber enviar al garete a alguien o ser capaz de bloquear el contacto de quien te da mala vida. Hay que practicar la incorrección política, por salud mental.

Otras despedidas son tristes. Como la de la persona a quien quieres y que un día deja de recordar tu nombre y, más tarde, tu cara. Esas son asquerosamente dramáticas. Me pregunto qué habrá sido de aquel novio que besaba tan bien. Quizás nos despedimos demasiado pronto. 

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