Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Camilo José Cela Conde

Nieve en Madrid

La capital cubierta de blanco fue una estampa festiva hasta que empezaron a llegar las noticias inquietantes

La entrada de una masa de aire atlántico, caliente y húmedo, hasta encontrarse con el frente polar que sube y baja en Europa durante el invierno llevó este fin de semana a un espectáculo en Madrid que se podía contemplar desde la ventana. Comenzó con la caída de nieve espesa y continua, sin tregua alguna, desde la mañana del viernes a la tarde del sábado. La ilusión de los primeros momentos —¡nieve espesa en Madrid, como en los tiempos de la infancia!— fue dando paso a la extrañeza a medida de que calzadas y aceras se cubrían, y al susto al quedar sepultados los automóviles y comenzar a desplomarse los árboles a causa del peso de la nieve acumulada.

Como muy pronto fue imposible salir a la calle, desde la ventana no se veía a nadie, ni en coche ni a pie, pero en este mundo hipercomunicado las anécdotas llegan de continuo: un hombre con sus perros tirando de un trineo en el centro; imbéciles saltando y cantando en la Puerta del Sol y la Plaza Mayor; la batalla contra la policía de los contrincantes que se tiraban bolas de nieve en Callao, justo al pie de lo que era la casa de mi abuela Ignacia en la que pasaba yo, siendo un niño, la Semana Santa... La cosa seguía siendo en realidad festiva, dentro de un orden, porque mientras haya provisiones, la calefacción siga a todo trapo y nadie enferme la reclusión de verdad, la absoluta, no preocupa. Pero comenzaron a llegar las noticias inquietantes: autobuses y automóviles atrapados no en el Pirineo sino en las autopistas que cruzan, que no sólo rodean Madrid, la M-30 y la M-40. Los hospitales, inaccesibles para los sanitarios que cambiaban de turno y los pacientes que necesitasen entrar o salir. Los trenes de cercanías primero, el AVE después, suspendidos. El aeropuerto de Barajas, cerrado.

Y comenzaron los pensamientos, las hipótesis. ¿Qué hacer si te quedas bloqueado toda una noche en tu automóvil, con el temor de que el combustible se agote? ¿Qué pasaría si la electricidad fallase? Bueno, esto último no es una especulación para las familias, gitanas en buena parte —no es racismo, es etnia y condición social—, del asentamiento ilegal enorme de la Cañada Real, pasado Vallecas, que llevan meses sin luz. Eso, ya se sabe, siempre les pasa a los demás, no a uno mismo, pero en esta ocasión el lobo enseñó su patita por debajo de la puerta de cualquiera de los madrileños mientras seguía y seguía nevando como si no fuera a detenerse jamás.

Los bomberos y la Unidad Militar de Emergencias, es decir, el ejército, se pasaron la tormenta liberando a los conductores de sus trampas y atendiendo las urgencias más graves. Con dos preguntas en el aire: ¿dónde estaban el sábado los quitanieves del ministerio de Fomento? ¿Por qué no nos han dicho desde el Gobierno de la nación ni una sola palabra?

Para continuar leyendo, suscríbete al acceso de contenidos web

¿Ya eres suscriptor? Inicia sesión aquí

Y para los que quieren más, nuestras otras opciones de suscripción

Compartir el artículo

stats