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Carmen González Casal

Un brindis a la vida

Aquellos alemanes que un 6 de mayo de 1527 alzaron sus copas de vino al grito de “bring dir’s” –yo te lo ofrezco– para celebrar la victoria del ejército de Carlos V tras el imprevisto saqueo de Roma no se imaginaron que estaban acuñando una tradición. Casi quinientos años después, estrenando el 2021, seguimos levantando la copa para darle la bienvenida. Y lo hacemos cada vez que alcanzamos una meta, logramos un premio o conseguimos algo importante.

Yo, al inicio de este año, quiero brindar por la vida, que es el regalo más grande que recibimos los mortales. Sin ella no hay familia, ni objetivos, ni distinciones, ni planes, ni alegrías, ni penas, ni nada de nada. Que nos lo digan después de todo un año plantando cara al coronavirus, protegiendo a nuestros mayores, clamando por la llegada de la esperada vacuna. Vayan, por tanto, estas palabras como sentido homenaje a las más de 50.000 personas que han pedido su vida en lo que llevamos de pandemia.

“Gracias a la vida, que me ha dado tanto…”, canta agradecida Mercedes Sosa. Y la ensalzan los poetas con sus metáforas: “Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida…”, reza Amado Nervo en su poema “En paz”. La recrean los pintores con sus pinceles, como Velázquez, al que algunos llaman el pintor de la vida. Para Calderón de la Barca, “la vida es sueño”, y para Roberto Benigni, “la vida es bella”, aunque la Segunda Guerra Mundial destruyó esa belleza.

La vida es grande, sagrada, generosa, aunque a veces duela, o no siempre nos regale mieles. Y lo es desde que comienza hasta que termina. Dice Jérôme Lejeune, genetista de La Sorbona, considerado el fundador de la citogenética clínica, que “el comienzo del ser se remonta exactamente a la fecundación y toda la existencia, desde las primeras divisiones a la extrema vejez, no es más que la ampliación del tema primitivo”.

Alzando mi copa, ¡brindo por la vida! Por la vida del que aún no ha nacido; del que, cual minúscula semilla con toda su potencialidad, no se ve, pero late, se desarrolla en sintonía perfecta con su madre, en un adecuado equilibrio entre hipotálamo-hipófisis, ovario, endometrio y embrión.

Brindo también por la vida exprimida del que está a punto de dejarnos. Por la vida del anciano, del dependiente o del que requiere muchos cuidados, esos que llaman paliativos y que hacen más llevadero el tramo final. Porque nadie en esta tierra –aunque las leyes lo permitan– puede decidir en qué momento acaba con su vida. ¿Volveríamos acaso a instaurar la pena de muerte? Al César, lo del César, y a Dios, lo que es suyo.

Asimismo, alzo mi copa por la vida de cada día, hecha de pequeños momentos buenos y malos, fáciles y difíciles, en soledad o en compañía, con éxito o con fracaso, pero siempre en libertad, porque de todo hay en la vida y no podemos esquivar sus embestidas, eligiendo, en cada caso, lo que más nos conviene, porque son esas elecciones buenas las que hacen que la vida merezca la pena.

Termino brindando por una cultura de la vida “como respuesta a la lógica del descarte y a la reducción demográfica” que con tanta claridad proclama el Papa Francisco. Y me uno, alzando la copa, a unas palabras de la Madre Teresa: “La vida es belleza, admírala; la vida es vida, defiéndela”. 

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