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Aracely R. Robustilo

¿Y si esto es lo que hay?

Lo que dejemos de vivir ahora nadie sabe si lo recuperaremos algún día

¿Y si esto es lo que hay?

¿Y si esto es lo que hay?

Dicen que «la vida es lo que pasa mientras estás haciendo otros planes», aunque ahora tendríamos que cambiarlo por «mientras esperas que termine la pandemia». Cada día me sorprende más la cantidad de intenciones y proyectos que tiene la gente aparcados en modo ‘pausa’, con la esperanza de que algún día volvamos a la realidad que conocíamos, tal y como la dejamos antes de que el coronavirus se lo llevara todo por delante. Yo confieso que durante algún tiempo también pensé que regresaríamos a aquel tiempo de caras al descubierto y besos espontáneos. Aquellos lejanos días en los que podías reservar vuelos o vacaciones con meses de antelación, con la certeza de que casi nada podría evitarlos. Pero últimamente me martillea la cabeza una pregunta que por más que intento ignorar sigue imponiéndose machacona en mi cerebro: ¿y si esto es lo que hay?

No me entiendan mal, no es pesimismo, ni una cuestión de ver el vaso medio lleno o medio vacío, se trata de ser realista y práctico. Porque lo que dejemos de vivir ahora nadie sabe si lo recuperaremos algún día y todo lo demás, es autoengaño. La pasada semana leí un reportaje en el que se contaba el mazazo que otro año sin bodas y celebraciones suponía para el sector de la hostelería, y todos los negocios relacionados con este tipo de eventos: trajes, flores o anillos. Los novios, al parecer, prefieren aplazar su enlace otros cuantos meses, hasta un año más si hace falta, con tal de no tener que casarse sin barra libre, cóctel y llevando mascarilla. Todos creen o esperan, suponemos, que si son los suficientemente pacientes, podrán tenerlo todo de nuevo. Lo que nadie pone encima de la mesa es que quizás esas bodas han entrado a formar parte del pasado.

Supongo que es más humano seguir negando la mayor. Aunque el peligro sea despertar un día y darnos cuenta de que hemos perdido meses, o años, pensando que todo va a pasar, como un mal sueño. Cuando la realidad es que nadie sabe cuándo ni cómo vamos a salir de ésta. Todos hemos creído que la pandemia era algo que le contaríamos a nuestros nietos a toro pasado y lo mismo tendríamos que plantearnos que lo que tal vez le relatemos con nostalgia sea esa vida antes del virus que nunca llegamos a recuperar. Tal vez sería más productivo asimilar las lecciones de vida que nos está dando el ‘bicho’ a diario. Mirarlo de frente, sin perderle el respeto, pero aprendiendo a poner en perspectiva lo que de verdad importa, y dejar de ver todo lo que nos rodea con ese efecto túnel que hace que parezca que todo se reduce al coronavirus.

Vivimos un momento crítico, una suerte de ‘segunda vuelta’ que acaba de empezar y que lo va a hacer todo menos ‘tolerable’ y más real. Porque la primera vez que se suspendieron unos Carnavales o las procesiones de Semana Santa fue algo inédito, y el miedo y la resignación, fueron la reacción más extendidas. Pensamos que era algo excepcional, y nos hicimos el cargo. Pero renunciar a ellos otra vez, es otra película y los sentimientos que provoca se acercan más al hartazgo y al descuido. La Organización Mundial de la Salud (OMS) asegura que un 60% de la población de la Unión Europea padece lo que definen como ‘fatiga pandémica’: «desmotivación para seguir las recomendaciones de protección y prevención que aumenta con el tiempo». Y entramos en terreno peligroso.

Tan importante ha sido salir de la fatídica tercera ola como mantenerse y de nada habrá valido todo el esfuerzo de nuestros sanitarios y todas las vidas perdidas, si el cansancio nos hace volver a las andadas. Por eso el mejor antídoto puede ser una dosis de realidad sin paños calientes. Tal vez sea mejor que alguien empiece a decirnos sin filtros que el final no está cerca, que puede que las vacunas no estén todas puestas antes de verano, y que disfrutemos de estos pequeños momentos de calma chicha, porque no sabemos cuándo llegará la próxima tormenta. De nada sirve hipotecar nuestro presente en aras de un futuro impredecible. Así que lo mismo ha llegado el momento de recordarles a todas esas parejas que tienen aplazado el ‘sí, quiero’ aquello de «Recoged las rosas mientras podáis, largos son los días de vino y rosas, de un nebuloso sueño, surge nuestro sendero. Y se pierde en otro sueño».

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