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Julio Monreal

EL NORAY

Julio Monreal

Vacío en la Tierra Media

Vacío en la Tierra Media

Vacío en la Tierra Media

En la sociedad de las redes sociales, los mensajes cortos y la indiferencia hacia el análisis crítico cada uno tiene claro quiénes son los buenos y quiénes los malos en el terremoto desatado por la moción de censura presentada en la Comunidad de Murcia por el PSOE y Ciudadanos contra el PP, que gobierna la autonomía desde hace 26 años. Cada uno sigue los mensajes de sus afines, y encuentra mil argumentos para defender lo que ha decidido inicialmente que es la verdad revelada, lo que en una sociedad tan polarizada como la española mantiene en inferioridad de condiciones cualquier intento de debate sosegado y argumentado.

Precisamente Ciudadanos, como partido, creyó que había espacio para esa postura, el fiel de la balanza, capaz de ir a un lado o a otro en función de necesidades y programas, pero en lo que parece el momento de su canto del cisne, los naranja han comprendido en sus carnes, con toda crudeza, que como UPyD, UCD y otros intentos anteriores el centro en España es un espacio descafeinado que no cuaja en un país aficionado a las emociones fuertes.

Los «padres fundadores» del partido que aún preside Inés Arrimadas llaman hoy a un cónclave para certificar la extinción y repartir la herencia. El partido que crearon para quitarle votos a la izquierda, al PSOE, se ha convertido en un problema para la derecha (el mismo viaje que tuvo la formación de Rosa Díez) y toca reagrupamiento para concentrar el voto y las energías y recuperar la Moncloa, aunque sea con el apoyo de la ultraderecha. Al fin y al cabo, antes de la escisión de Santiago Abascal todos estaban al abrigo de la gaviota del PP.

Las elecciones catalanas marcaron el principio de la operación. Los populares volvieron a estrellarse, como estaba previsto, pero sobre todo los que cayeron al abismo fueron los de Arrimadas, que pasaron de primera fuerza en Cataluña a la irrelevancia. Los inquilinos del edificio de la calle Génova al mismo tiempo que preparan el traslado -será la primera mudanza de la historia por corrupción- olieron la sangre y se lanzaron a por los restos del naufragio naranja. Y los socialistas también. Era importante amarrar cuotas de poder antes de que llegara el certificado de defunción, y eso es la operación de Murcia. La excusa de las vacunaciones irregulares masivas es demasiado endeble. Ciudadanos quería romper su imagen de caída, insuflar confianza a sus votantes y a sus cargos, y plantar cara a la OPA del PP. Y los socialistas querían aprovechar la ocasión para dar un capón a Pablo Casado y centrar su mensaje político.

Pero el más que previsible fracaso de la moción de censura de Murcia y las elecciones anticipadas convocadas en Madrid a la defensiva por Isabel Díaz Ayuso han hundido los ánimos de los actuantes. Como dice siempre una brillante periodista de esta casa, en el barro siempre gana la derecha porque no tiene reparo en ensuciarse. A Eduardo Zaplana no le importó «proteger» a la socialista Maruja Sánchez en un chalé para que facilitara su acceso a la alcaldía de Benidorm, y luego le proporcionó medios de vida. A Esperanza Aguirre y los suyos no les importó hacer posible el «tamayazo» para abortar la investidura de Rafael Simancas, y al presidente López Miras y al secretario general Teodoro García Egea no les ha costado ni 24 horas lograr que tres diputados de Ciudadanos que habían firmado la moción de censura en Murcia rectifiquen sus actos y afronten con alegría una nueva etapa con otras carteras autonómicas, aunque sea expulsados de C’s.

Y por si eso fuera poco, resulta que la moción se presenta en público como una indignidad, y su fracaso, como la vuelta al estado natural de las cosas, porque como todo el mundo sabe, hay quien gobierna por derecho divino y quien usurpa el poder y lo ostenta de forma ilegítima, fruto de mangoneos «en despachos oscuros», como afirma la presidenta madrileña, pasando por alto que su elevada magistratura se gestó en salas como las que ella condena. De otro modo, no podría haber sido presidenta con 30 escaños, frente a los 37 del ganador, el socialista Ángel Gabilondo. El PSOE se impuso en las elecciones en Murcia, Madrid, Castilla-León y Andalucía, comunidades que el PP gobierna en coalición con Ciudadanos y el apoyo externo de Vox. Pero los pactos entre partidos son útiles y beneficiosos si los formalizan unos, y malvados y perniciosos si los llevan adelante los contrarios. Dentro de los que aún quedan en Ciudadanos hay ejemplos evidentes. En Madrid, el ya ex vicepresidente Ignacio Aguado y los suyos han sido arrojados a las tinieblas exteriores por preparar una traición al gobierno Ayuso, pero la aún vicealcaldesa Begoña Villacís destila honorabilidad porque ha prometido fidelidad al alcalde Martínez Almeida. ¿Tiene futuro un partido así? Desde que Albert Rivera llevó su formación de la socialdemocracia a la democracia cristiana al soñar que podía ser presidente del Gobierno, los naranjas no han levantado cabeza. Ahora es tarde. Murcia es la tumba de Ciudadanos.

Y eso que había espacio en el centro, el que llevó al PSOE a 202 diputados en 1982 y al PP a 183 escaños en 2000. Pero la Tierra Media queda como un páramo después de esta semana. Gente que creyó que intentarlo valía la pena, como Fernando Giner en València, capaz de pactar impuestos y ayudas económicas con el PSPV-PSOE y Compromís manteniendo un discurso liberal, dejará la política harto de remar contra corriente. Se repartirán entre los partidos contiguos o se irán a sus casas dejando el campo libre para la lucha sin cuartel entre los mayoritarios mientras los ultras observan, divertidos, esperando participar en el festín de los cuervos.

Un gallinero en cada ático

El arquitecto y urbanista Alejandro Escribano señalaba hace unos días en estas mismas páginas que «los huertos urbanos no son jardines sino espacios privatizados» y que si se desean llevar adelante, la ciudad no es el lugar idóneo, siendo más adecuado «recuperar parcelas de huerta próximas que corren el peligro de dejar de cultivarse». Viene esto al caso del deseo del alcalde de València, Joan Ribó, de que todos los nuevos planes urbanos incluyan huertos. Ya fracasaron en Sociópolis, y en Benimaclet son motivo de enfrentamiento. Proliferan junto a la Ronda Norte y la maleza las construcciones de madera barata, a caballo entre casas de aperos y chalés de fin de semana, lo que permite augurar un conflictivo desalojo cuando los dueños del suelo reclamen su dominio. Hay fórmulas modélicas de huertos -en Sagundo, Logroño, Zaragoza- para el ocio de los adultos y la educación de los niños, que creen que las patatas crecen en los supermercados. Pero el conflicto es un mal camino. Por esa vía, en los presupuestos participativos de 2022 alguien propondrá gallineros en los áticos y saldrá lo más votado.

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