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Martín Gijón

Fuera de trama

Susana Martín Gijón

Menuda humanidad

Si de verdad nos creemos que la especie humana está por encima del resto, hagamos algo para demostrar tanta supremacía moral

Vivo con dos cosas y una persona. Y digo cosas porque es lo que son Marjane y Tommy conforme a las leyes que nos rigen, empezando por el sacrosanto Código Civil: para este cuerpo legal, y por ende para las normas que pivotan en torno a él y para quienes hemos de acatarlas, todos los animales que no sean humanos tienen la misma consideración que una mesa, un ordenador portátil o un coche. Esto viene siendo así desde el siglo XIX, concretamente desde que se aprobara el referido código en 1889. Estarán de acuerdo conmigo en que un poquito anacrónico sí que se nos ha quedado.

De ahí que se haya llevado al Congreso una proposición de ley que perfectamente podría haberse originado hace un par de siglos y que pretende enmendar el dislate: reformar el régimen jurídico delos animales no humanos para que dejen de ser tratados como meros objetos que ni están vivos, ni sienten, ni padecen. Hasta ahora, lo único que se tiene en cuenta legalmente es su valor económico. De modo que si te entrampas y tu perro es un Beagle monísimo igual te lo tasan en mil euros y se lo llevan para reducir la deuda. ¿Que es un chuchete sin raza, monísimo también pero sin pedigrí? Entonces la estimación jurídica es cero patatero. Si un día un malnacido se lo lleva, el seguro te dirá que te vayas a la protectora a por otro parecido, total, qué más da. ¿Que lo amas tanto como al (otro) que ronca a tu lado por las noches? Allá tú y tus extravagancias.

Es cierto que esta reliquia decimonónica ya llevaba unos añitos intentándose modificar. Lo que ocurre es que las cosas de palacio y las elecciones nunca se han llevado bien. En 2017 se cumplió la misma fase que se ha producido esta semana. Ahí iban los papeles haciendo su periplo de mesa en mesa, llegó 2019 y en esto que se disuelven las Cortes, decae el trámite dichoso, y los derechos de los animales se van directos a la casilla de la calavera. Estamos en 2021: vuelta a empezar, pero lento, muy lento que aquí no hay tiro porque me toca, porque las ocas están para inflarlas a maíz y que salga un paté estupendo y, a ser posible, baratito. Qué cosa la política y qué cosa el sistema que propugna que a más beneficio económico, menos importa todo lo demás, y en ese pack de “todo lo demás” va el sufrimiento de seres vivos, a menudo atroz. Por cierto, que a diferencia de aquella primera votación en 2017, en la que se aprobó por unanimidad, esta vez se ha hecho con el voto en contra de Vox. Lo de este partido sí es negacionismo recalcitrante. No a todo, así, por sistema. Y luego no creen en el “no es no”, pero oigan, si lo llevan por bandera tanto o más que la rojigualda. En fin, si para ellos la vida de un senegalés vale un comino, qué decir de la de una vaca o un burro. Les dará hasta risa pensar que tengan sentimientos.

Este primer paso legislativo se repite cuando aún no nos hemos recuperado del horror por los vídeos monstruosos sobre las prácticas del laboratorio Vivotecnia en Madrid. Ya saben, en el que los trabajadores se descoyuntan de la risa cometiendo todo tipo de vejaciones a perretes, cerdos o monitos. Si no han visto las imágenes, ahórrenselas: son intolerables para cualquiera con un mínimo de sensibilidad. Hacen alarde de una crueldad gratuita, deliberada, y absolutamente innecesaria que le lleva a una a preguntarse cómo puede ser que nos creamos la especie más evolucionada del planeta.

Esta realidad aberrante es la punta del iceberg de la relación que tenemos con el resto de animales, y la regulación jurídica, tan solo una muestra más. No nos espantemos de que el Código Civil les otorgue el tratamiento de “cosas”, porque es justo lo que hacemos como sociedad. Dejando aparte a esos desalmados que infligían daño por pura diversión, el resto también ninguneamos el sufrimiento de las otras especies. Industria alimentaria, cosmética, ocio… en cada una de las parcelas de nuestra vida estamos obteniendo algo de un animal para nuestro placer o beneficio, y el mínimo lucro se antepone a cualquier otro argumento. Si de verdad nos creemos que la especie humana está por encima del resto, hagamos algo para demostrar tanta supremacía moral: pongamos en juego un poco de eso que, paradójicamente, llamamos humanidad.

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