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Juan Lagardera

NO HAGAN OLAS

Juan Lagardera

Ayuso en Libertonia

La renuncia de Iglesias arruina el futuro de su partido, aunque deja otra herencia por articular: un gran espacio a la izquierda del PSOE donde crece de todo

Todos los analistas, tertulianos, socioasesores, dirigentes políticos así como también, por supuesto, los demoscopistas y hasta las casas de apuestas, han opinado sobre lo sucedido en las elecciones del pasado martes en la comunidad autónoma uniprovincial de Madrid, ese oasis que la retórica electoral ha bautizado como tierra de libertad. Así, también, le llamaron los hermanos Marx al país que gobernaban caóticamente en Sopa de ganso: Libertonia.

Unas retóricas que, por esta vez, han seguido in crescendo, que así andan desde que la ironía moderantista de Mariano Rajoy abandonó la política española. Cierto que al expresidente gallego le creció un Ciudadanos en el flanco central y un Vox en el derecho, por llevar hasta el extremo la política de la quietud frente a la insurgencia de la menestralía catalana. Lo remarcable es que tanto en las últimas elecciones de Cataluña como en las de Galicia y el País Vasco, el termómetro de la crispación se había contenido.

Así que el primer milagro de este plebiscito, a la madrileña, lo ha obrado la mano que mecía la cuna política de Isabel Díaz Ayuso, que no es otro que un viejo zorro periodístico, Miguel Ángel Rodríguez, capo del gabinete de José María Aznar durante muchos años. MAR le ha sacado punta a Díaz Ayuso hasta convertirla en la fuerza liberadora de una derecha afligida tanto por la pérdida del poder como por las consecuencias penales de los excesos y corrupciones. La cancha elegida para la lid no fue la autonómica, sino la de España.

Nada pudo hacer frente al simplismo de las consignas un catedrático de filosofía tan afable como Ángel Gabilondo, lo cual dice bien poco del mercadillo arrabalero en que se ha convertido la política actual. Le entrenó un demiurgo, ese supuesto genio de la estrategia, Iván Redondo, convertido en el verdadero mandamás monclovita, quien no ha cazado ni una mosca en este trance.

Por lo visto, ni Redondo, ni Pedro Sánchez, ni el veterano guerrista José Félix Tezanos deben ir de cañas por Madrid, que es una de las ciudades con mayor número de bares –y franquicias de comida– por metro cuadrado de Europa. En Madrid, hasta los escritores se reúnen en bares, a los que llaman cafés para parecer más refinados. La federación madrileña del PSOE, en cambio, no creía que en las tabernas se discuta de política y se propalen las ideas. Se han equivocado.

Ahora, tras el terremoto Ayuso, en vez de enviar la filosofía a la pira funeraria, los socialistas harían bien en fichar al gerente de Mahou, para que les analice cuántos tiradores de cerveza hay en cada barrio y si este dato presenta sesgos provocados por la condición obrera o directiva de sus habitantes. Todo ello teniendo en cuenta que las clases medias y profesionales que un día se fueron a un centro inocuo han vuelto al PP, cuyo efecto Ayuso, además, ha movilizado a más de trescientos mil abstencionistas y a más de cincuenta mil exvotantes socialistas, seguramente procedentes de empleos precarios en la hostelería.

No era sobre la gestión de lo que había que debatir con la reelegida presidenta madrileña, en una ridícula batalla de números sobre fallecidos y ucis que nadie podía dilucidar. La contienda estaba en las terrazas de los bares y la izquierda, tan de euforias y embriaguez revolucionaria, no ha sabido verlo. Ha pasado demasiado tiempo desde que los profesores universitarios se unían en las cafeterías a los jóvenes alumnos e incluso salían de copas juntos.

Más equivocado todavía, Pablo Iglesias se ha visto ampliamente superado por sus antiguos colaboradores, lo que siempre duele más, y sucumbido en lo personal ante la confrontación dialéctica con el enemigo ideológico. Es uno de los últimos políticos originales y leídos que ha dado el país, pero sobre un maniqueísmo analítico tan grueso como provocativo. Ha echado gasolina al fuego sin medir las consecuencias. De vuelta a la agitación periodística desde la televisión, puede que cause todavía más estragos que desde una vicepresidencia atenuada. Sin inteligencia táctica, el periodista podría precipitar el fin del actual Gobierno en precario de Sánchez con los restos de Podemos.

La renuncia de Iglesias arruina el futuro de su partido, aunque deja otra herencia por articular: un gran espacio a la izquierda del PSOE donde crece de todo, del ecologismo al feminismo, de los nacionalismos periféricos a las reivindicaciones transgénero. Ahí estarán Íñigo Errejón y Ada Colau, los valencianos de Compromís, las mareas y puede que incluso Kichi y los neoandalucistas que gobierna su pareja, Teresa Rodríguez. El 15 M tuvo en Iglesias a su Robespierre, ahora espera a su Napoleón.

La victoria de Ayuso, en cambio, limita el crecimiento de Vox y deja en liquidación final a Ciudadanos. Por muy ideologizados que estén los votantes de Vox, va a ser difícil que se mantengan fieles a un partido que ya no llegará mucho más allá del 10 % electoral, circunstancia que empeora en el caso del partido recibido por Inés Arrimadas. Ella y Begoña Villacís son las dos últimas y únicas estrellas que le quedan en el firmamento a Ciudadanos, así que ellas serán las encargadas de cerrar la puerta.

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