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myriam albeniz

Desde la sala

Myriam Albéniz

El ciberacoso en pandemia

Con personalidades inseguras como telón de fondo, los adolescentes de hoy utilizan las omnipresentes Facebook, Twitter, WhatsApp o Instagram como herramientas de vigilancia de sus parejas

El acoso es el acto de perseguir de un modo constante, evidente y sin tregua a un individuo. Los motivos que lo impulsan pueden ser variados y admiten múltiples opciones, en función de si se ejerce por parte de una o varias personas, de modo visible o tácito, y según la esfera de actuación, ya sea física, sexual, laboral y, de un tiempo a esta parte, cibernética, entre otras. Abundando en este fenómeno, el reciente 2 de mayo, Día Internacional contra el Acoso Escolar, se ha puesto de manifiesto que, a raíz de la terrible pandemia de coronavirus, los índices de ciberacoso han aumentado sustancialmente, trasladándose de las aulas a las redes sociales. La intrusión electrónica ya estaba resultando bastante habitual en las relaciones sentimentales establecidas en edades tempranas. Con personalidades inseguras como telón de fondo, los adolescentes de hoy utilizan las omnipresentes Facebook, Twitter, WhatsApp o Instagram como herramientas de vigilancia de sus parejas. De hecho, no pocas jóvenes consideran asumibles determinadas actitudes de asedio para mantener el enamoramiento, mientras que los chicos se centran, más que en la idea del amor, en la de control.

Según un estudio que realizó el Centro de Investigaciones Sociológicas para la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género, este tipo de situaciones se están manifestando en esta concreta etapa vital con una alarmante frecuencia al alza. Ante la deriva preocupante de este fenómeno asociado a las nuevas tecnologías, se lanzó hace algunos años una campaña institucional que, bajo el título “Diez formas de violencia de género digital”, se dirigía al citado colectivo, del que casi un 30% de sus integrantes reconoce ser víctima. Ya en aquel decálogo (que invito a revisar) figuraban comportamientos tales como interferir en las amistades de la novia con terceros, espiar los contenidos de sus conversaciones de chat, exigirle las contraseñas de seguridad de las cuentas, monitorizar su geolocalización, reclamar respuesta inmediata a los mensajes recibidos o pedirle el envío de fotografías íntimas, entre otras. Lo más paradójico del asunto es que tales prácticas no se califican ni se perciben por parte de sus protagonistas como formas de violencia de género, así que la primera medida para no llamarse a engaño sigue siendo la de otorgarles su verdadera y perversa carta de naturaleza.

A tenor de las últimas estadísticas, continúa resultando esencial sumar esfuerzos colectivos para combatir esta lacra, desde los medios de comunicación a los padres, pasando por los colegios, las empresas y otras organizaciones. Recuerdo que los ejemplos de aquella campaña identificaban formas de daño psicológico y presentaban a mujeres empoderadas y apoyadas por su entorno que se negaban a admitir el acoso al que se veían sometidas y que se resistían abiertamente a los distintos requerimientos. Así, acompañada de unos dibujos, cada acción se hallaba asociada a una breve animación que ayudaba a comprender mejor el mensaje que se pretendía transmitir y que empatizaba con los diferentes contextos, contribuyendo a su visibilización y viralizando los contenidos en las diferentes plataformas de difusión.

Por desgracia, aquella iniciativa mantiene plenamente su vigencia ya que, por mucho que el imparable progreso de la técnica cuente con aspectos positivos, lo cierto es que también ha abierto la veda a vías de maltrato más específicas, y el ámbito escolar no escapa a su influencia. En definitiva, se precisa ahora más que nunca de una respuesta ciudadana que, por un lado, visualice el rechazo que provocan estas conductas y, por otro, contribuya a su eliminación. No me cansaré de insistir en que la lacra de la violencia de género es una cuestión de Estado que exige una firme contestación política y social. Se trata de un gravísimo problema que nos atañe como sociedad y ante el que no podemos girar la cabeza. Implicarnos en su erradicación se alza, pues, como una misión urgente e ineludible que nos concierne colectivamente

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