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Isabel Olmos

De pequeños y grandes lugares en el mundo

Las personas mayores han regresado alegres a las azoteas y las oigo reir y jugar a las cartas

Un lugar en el mundo.

Un lugar en el mundo.

Dicen, como el título de esa inolvidable, maravillosa y siempre recomendable película del director argentino Adolfo Aristarain, que todos tenemos un lugar en el mundo, ése al que regresar y en el que siempre nos sentimos en paz, como en casa. Hay quien tiene muchos lugares en el mundo. Algunos, en cambio, no se sienten de ninguno. Las emociones, como la vida o la memoria, son altamente caprichosas.

En mi caso, sin duda alguna, soy del primer grupo de personas y lo soy tanto y hablo tanto de mis raíces que en ocasiones alguien me ha preguntado «¿pero tú, de cuántos sitios eres?» y me río, porque creo firmemente que eres de donde amas y, tomando de prestado la frase al poeta Pablo Neruda, confieso que he amado y mucho. He amado y amo, el camino que va de Xiva de Morella a la ermita de Roser y la primera línea de la playa de Casablanca, ahora tan dañada. He amado y amo todavía con pasión el carrer Petritxol de Barcelona, con sus granjes repletas de melindros amb xocolata, y la costa asturiana de Llanes, siempre verde y con las montañas rasgando el mar. Los Pirineos y los Picos de Europa me enseñaron a hacer pierna mientras crecía mi cuerpo y mi ser y a saborear, como si de un manjar se tratara, una buena sopa de sobre junto a la tienda de campaña y el cielo estrellado de una noche de verano.

Los tejados de Torrent también son, desde mi humilde terraza, el lugar en el mundo en el que quiero estar. Veo cómo la vacunación ha permitido a las personas mayores regresar alegres a las azoteas para jugar a las cartas y les escucho reírse mientras me llega el olor a rica cena de cualquier casa vecina. Me gusta ese lugar en el mundo, la terraza de mi casa, donde puedo replegarme entre plantas y flores cuando el mundo se pone raro y oír esas risas. A veces, el tamaño no es lo importante. A veces lo importante es que, en la simplicidad de lo esencial, no te hace falta nada más.

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