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Elena Fernández-Pello

Inclusivos

En España, en eso de la inclusión, se va muy por delante. Aquí ya nadie se extraña al oír o leer un discurso plagado de “todos y todas”, “nosotros y nosotras”, “ellas y ellos”

Por un insignificante punto andan a la gresca nuestros vecinos del norte. En Francia, el Ministerio de Igualdad ha prohibido el lenguaje inclusivo en las clases, que en aquel idioma, en los textos escritos, se articulaba mediante un puntito (·) que ha acabado engrandecido por esta polémica lingüística. Con él marcan los francoescribientes cada sustantivo masculino, para añadirle detrás el sufijo femenino. También algunas instituciones públicas recurren a esa fórmula, para no excluir a ningún género en sus textos oficiales. El Ayuntamiento de París se refiere a sus ciudadanos como “parisen·ne·s”, que es la nueva forma de decir “parisiens et parisiennes”.

En España, en eso de la inclusión, se va muy por delante. Aquí ya nadie se extraña al oír o leer un discurso plagado de “todos y todas”, “nosotros y nosotras”, "ellas y ellos”. Con una barrita inclinada, en lugar de un punto, está resuelta la contracción de los dos géneros en una sola palabra: “señor/a”, “niño/a”. Hay quien elude el masculino generalista con gracia. Otros, y también otras, no consiguen hacerlo con naturalidad.

En la agenda lingüística de los españoles, en lo que ha inclusión se refiere, parece que ahora toca incorporar a las personas –un sustantivo femenino para referirse a todos los seres humanos– que no encajan en ninguno de los dos géneros convencionales, así que alguien ha decidido que si la “a” caracteriza el femenino y la “o” el masculino, la tercera vocal abierta, la “e”, debería irle bien al resto. ¿Por qué no?

En Francia, un ministro, Jean-Michel Blanquer, ha enarbolado la bandera tricolor y ha lanzado una advertencia a sus conciudadanos: “Voy a vigilar para que solo haya una gramática, del mismo modo que solo hay una lengua y una República”. Otro de los argumentos que el Ministerio de Educación Nacional esgrime es que esas formulaciones tan complejas dificultan el aprendizaje de los niños con problemas de lenguaje, que acaban pagando tanta inclusión con su exclusión.

En España, una ministra, Irene Montero, se esforzó durante un acto electoral con colectivos LGTBI en mantener el tono inclusivo, con la triple fórmula del “todos, todas y todes”, extendiéndola durante toda su intervención: “niños, niñas, niñes” e “hijos, hijas, hijes”. Del contenido de aquel discurso se escribió y se dijo bien poco, pero la forma en la que lo hizo dio de qué hablar durante semanas.

El lenguaje es como las matemáticas, requiere precisión. No es igual una palabra que otra, igual que no es igual un número que otro. Hay que respetar ciertas reglas y hay que llegar a resolver el problema. Todo ello es fruto de un consenso, que en el caso del idioma está sellado por siglos y siglos de convivencia y por una historia común, que permite cierto grado de entendimiento imprescindible para sobrevivir y para progresar. Alterar ese equilibrio, que probablemente no sea perfecto, es peligroso.

¿Son las lenguas machistas? ¿Son excluyentes? Desde luego son la expresión de una forma de pensar y de organizar la sociedad que lo ha sido, y que lo sigue siendo. Hablamos como pensamos, eso es notorio, así que forzar el lenguaje es forzar el pensamiento.

La lengua que nos ha traído hasta aquí es una decantación del tiempo, cambiará, se hará más integradora, pero no por decreto, probablemente, sino a medida que cambien quienes la hablan. La gramática no arreglará lo que antes debe resolver la sociedad.  

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