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Elizabeth López Caballero

El lápiz de la Luna

Elizabeth López

La mancha que no es del paño sola se cae

Entre levantarme un día con ganas de ponerme un vestido u otro con ganas de pillar una camisa del armario de mi marido, a no tener claro si me identifico con rasgos masculinos o femeninos, hay varias teorías de identidad de género de por medio

Mi abuela siempre decía que “la mancha que no es del paño sola se cae”. Quizá usaba –o se inventó– ese refrán para sobrevivir en una época en la que todos hablaban de todos. “Que si la hija de fulanito está embarazada y no se le conoce varón”. “Que si al marido de mengana le gustan mucho las faldas, pobre mujer”. “Que si a Pepito de los Palotes le encanta mojarse el pico” y otros tantos comentarios que se hacían de puertas para adentro mirando por el rabillo del ojo a través de la cortina.

Una vez le pregunté a mi abuela si ella era tan discreta para evitar que la criticasen. La buena mujer se rio a mandíbula suelta con el Mecánico blanco colgando del labio inferior y me contestó: “Niñita, la gente siempre tiene algo que decir de una y si no lo tiene lo inventa, pero no te preocupes por eso, que lo que Juan dice de Pepe dice más de Juan que de Pepe”. Por aquel entonces no lo entendí. Con el paso del tiempo han sido tantas las manchas en el paño que una se acostumbra, que no es lo mismo que dejar de sorprenderse. Les cuento todo esto porque yo, que pensaba que tenía el ombligo curado, el otro día no salía de mi asombro ante un comentario fuera de lugar. Un compañero de trabajo me preguntó si era andrógina. Lo escudriñé durante unos segundos intentando procesar la información y la respuesta que merecía. Recordemos que se entiende por andrógina “a aquella persona que tiene rasgos corporales ambiguos que no se corresponden con los propios de su verdadero sexo”. Le pregunté por los motivos que le hacían pensar eso y su respuesta fue: “Es que unos días vienes superfemenina y otros con pantalón ancho y camisa de hombre”. Sinceramente la respuesta me pareció espeluznante. Sí, espeluznante la facilidad con la que se le puede poner una etiqueta a una persona. No tendría problema en reconocer mi androginia si fuera así. Estaría muy orgullosa de mi condición sexual o de mi identidad de género fuera cual fuera. Pero entre levantarme un día con ganas de ponerme un vestido u otro con ganas de pillar una camisa del armario de mi marido, a no tener claro si me identifico con rasgos masculinos o femeninos, hay varias teorías de identidad de género de por medio. Siempre digo que hay que tener mucho cuidado con el lenguaje porque igual que construye, destruye. Vivimos en una sociedad en la que tenemos que etiquetarlo todo. Cada cosa, cada persona o cada suceso que se sale de nuestro esquema mental deben estar catalogados, como si las personas o sus acciones pudiesen estar organizadas por secciones igual que la comida en los pasillos de un supermercado. Esa mentalidad polarizada de blanco o negro, bueno o malo, mujer u hombre, es una manera de huir de lo complejo. De evitar abrazar la diferencia y, sobre todo, una pueril forma de castigar a todo aquel que no cumpla con nuestra encorsetada mirada social. ¿Qué más dará cómo una se vista? ¿Qué más dará a quién una ame? ¿Qué importa si crees en Dios, Alá o en Snoopy? Lo que verdaderamente debe importarnos es si estamos rodeados de buenas personas. De personas que respetan la diferencia. Lo que no entienden. Lo que no comparten. Estamos empeñados en poner de moda distintos movimientos saludables, que si ‘body positive’, que si ‘wellness’ pero se nos pasa por alto que no hay estilo de vida más ‘healthy’, para uno y para los demás, que el respeto. ¡Les animo a probarlo!  

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