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Último adiós a un maestro en despedidas

En la noche del 20 de mayo, rodeado de familia y allegados, al modo manriqueño, se nos ha ido el poeta y amigo Francisco Brines, a los 89 años, y en el momento de máxima celebridad y reconocimiento para su poesía. Poco antes pidió poder escribir y trazó en el papel dos palabras: «Os quiero».

Brines ha vivido siempre en permanente «despedida» de todo cuanto amaba, consciente de lo fugaz de su paso por el mundo y a sabiendas del plazo inexorable con que la vida acaba. Esa clara conciencia de lo perentorio la mantuvo intacta, hasta el extremo de pedir que el título de su última antología fuese Como si nada hubiera sucedido, verso suyo que tiene todo el valor de un epitafio.

Llama la atención la formidable paradoja que mueve, en lo conceptual, su poesía entera. Siendo, como decimos, una permanente «despedida» de la vida y de sus dones (el amor, la amistad, los afectos familiares, la tierra natal, la belleza y el arte), siempre en sus poemas planea al mismo tiempo el velo de la duda, de la sospecha radical: ¿tenía acaso existencia real cuanto percibía y le rodeaba?

Brines, en sus poemas, abre los sentidos al olor del jazmín, que pone una nota de sensualidad en la tarde, pero niega con rotundidad que esa tarde exista; mira desde el balcón a sus padres en una entrañable escena cotidiana, pero resulta que en el balcón no hay nadie. Fantasmagórica relación con el mundo, sistemática duda cartesiana, que lleva a considerar la existencia como una refinada y heridora forma de nihilidad.

Pese a esta formidable paradoja, que le inspira los poemas metafísicos más bellos –sensorialidad y reflexión a la vez–, Brines se inclina con apasionamiento del lado de la vida, por fantasmal que esta sea, aunque resulte un «engaño», palabra clave en su código poético. De manera que el lector de su obra, pese a la tormenta de nihilismo que la recorre como un negro estremecimiento, encuentra en ella también las alas salvadoras de «los pequeños placeres», el valor de la medida de lo humano, y, al final, la aceptación.

«Harto consuelo» nos deja su memoria.

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