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Tonino Guitian

Borrón y cuenta nueva

Saben en dónde se plantearon, durante los años 80, los grandes problemas actuales? En el coche de mis padres al alcanzar los atascos de la carretera de El Saler.

Mi padre era el liberal. Había alcanzado el acomodamiento después de una alimentación desordenada de juventud tras diversos destinos azarosos durante su breve carrera como militar. Opinaba que la carretera debía ampliarse para la comodidad del tránsito y la mejora del turismo. El ecologismo, que afloraba en pequeños, pero importantes brotes, era un ideal improductivo que solo aportaba retraso al avance de lo que él consideraba el progreso, basado en el estilo americano que había admirado en sus muchos viajes por el mundo: un coche, una casa con jardín, una familia, un trabajo. Todo se podía conseguir a base de esfuerzo. El bosque del Saler se salvó de ser asfaltado por milagro.

Mi madre era lo sofisticado y lo cosmopolita, más preocupada por los altos valores que por los problemas nimios debido a una educación mixta recibida tanto en los colegios católicos como en los de la República. Para ella, el atasco era una oportunidad para revisar el estado efervescente de la familia recluida en el estrecho habitáculo y disfrutar de la sombra bucólica que ofrecían los pinos en el camino. La vida la había hecho conocer el deseo como algo esquivo. Para sobrevivir a todo, su humor era la clave para ver el envés de las cosas.

En lo que ambos coincidían, especialmente mi padre, que había padecido la malaria en África, era en el escrupuloso lavado de manos antes de las comidas. Si esto ocurría en un establecimiento popular, uno tenía que levantarse de la mesa para mojárselas en un servicio donde la ausencia de jabón y papel higiénico era habitual, además de otras delicias de la vida higiénica en común que no se retratan en los museos de antropología y cuyo relato porcelánico les ahorraré por pudor.

Los dos, uno desde el adoctrinamiento, la otra desde una trabajada ingenuidad, soñaban con que València tuviera el orden del alemán, un corazón como el francés, la prosperidad del norteamericano, el método de los ingleses, el entusiasmo de los italianos. Cualquier cosa menos ser esa ciudad de medias suelas, sin orden, polvorienta, que olía a grasa de freír pegada en las paredes, sin diligencia intelectual, únicamente preocupada por las apariencias dentro de su desidia, gestionada por una política y una administración errantes que fluían al ritmo de superpuestos intereses que pujaban por sobresalir entre los clanes de la agonía del franquismo.

El lujo del aire acondicionado no llegaría hasta años después. A través de las ventanillas abiertas de los coches que bebían el sol implacable, yo veía a los viajeros hacer de sus penas una fiesta. Me divertía descubrir los símbolos nacionales en las otras familias, más normalizadas que la mía, como en una visión de Goya salpicada por el estruendo de las radios. El padre que fumaba compulsivamente arrojando la colilla a la carretera, la madre que recibía desaires intentando mantener la paz, los niños que hacían burlas y tiraban basura por la ventanilla, humeando el placer de la brisa marina y la libertad aún lejana.

Mis padres no podían imaginar que las comodidades futuras y el progreso acabarían enterradas en un mundo global donde un chino fabricando plástico podría modificar el curso de las mareas de nuestras costas. ¿Recuerdan ese momento de incredulidad, en el inicio de las Fallas del 2020, cuando hubo que decidir si la pandemia era un falso pánico más o si había que tomar las restricciones necesarias para no morir en masa? La recuperación es ahora tan necesaria que hemos olvidado la recuperación esencial: los científicos advierten que la Humanidad, que ha podido vivir durante el periodo estable del Holoceno, tiene diez años para replantearse si seguimos adelante hasta llegar a un punto de no retorno. La legitimidad moral para actuar sobre esto se ha vuelto a diluir en la rutina de las necesidades inmediatas. No es una cuestión de ñapas ideológicas, sino de soluciones globales. Y si la unidad siempre ha estado a la baja a favor de las independencias del egoísmo, no sé a cuántas colas de hambre tendremos que asistir para convencernos, en esta época inmersa en la guerra fría económica, de que lo imprescindible es evitar que una glaciación deletérea de todo el planeta sea quien haga un higiénico borrón y cuenta nueva por nosotros.

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