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Alfons Garcia

a vuelapluma

Alfons Garcia

La ética de Wilander

Mats Wilander, pensativo, durante la entrevista ayer en el Club de Tenis Valencia.

Mats Wilander, pensativo, durante la entrevista ayer en el Club de Tenis Valencia. M. A. Montesinos

El deporte es como una cápsula de vida. En el corredor que lucha para terminar un maratón está la esencia del ser humano que resiste y resiste sin tener claro un objetivo seguro, más allá de llegar al final, que sabe que no tiene gloria, pero sigue adelante, un día después de otro. El tenis no es tan épico, pero sirve mejor para lo que quería explicar. En un partido de los años ochenta de Roland Garros, posiblemente el torneo más importante del mundo visto desde este lado (mediterráneo) del mundo, Mats Wilander, un tenista sueco frío y tímido pero muy seguro en la pista, está cerca de ganar, es bola de partido, el rival lanza un derechazo que todo el mundo cree que da en la línea, pero el juez canta que la bola es mala, da el partido por acabado y se baja presto de la silla. El rival protesta con razón, aspavienta, el público ruge y Wilander se mueve de un lado a otro de la pista cabizbajo y meneando la testa. No sabe qué hacer. Imagino sus pensamientos. Es la semifinal, si gana significa que habrá pasado a la final de un grande, un lugar solo para elegidos. Se pelea consigo mismo. Finalmente, se acerca al árbitro y le dice que él también cree que la bola ha sido buena. El juez no pone buena cara, porque a la autoridad, por minúscula que sea, no le gusta que le lleven la contraria, pero vuelve a subir a la silla y el partido continúa. Al final, Wilander gana, pero eso es ya lo de menos. Perdió luego la final, y también es lo de menos, porque si algo se recuerda de aquel torneo, lo que sale en reportajes históricos, es el tramo final de aquella semifinal y el gesto del tenista sueco.

Ganar y perder son términos que no soportan el paso del tiempo. El que pierde es a veces el que permanece en la memoria colectiva. El que gana es derrotado en otras ocasiones por el tiempo. Ben Johnson acaparó medallas de atletismo en su tiempo y el descubrimiento en 1988, tras la carrera del siglo, de que se dopaba lo ha apartado a la cuneta de la gloria. Ya saben cómo acabó la historia de leyenda del ciclista Lance Armstrong: en el barro.

Wilander ganó para la historia porque hizo éticamente lo correcto. Que casi cuarenta años después aún se recuerde el gesto demuestra el valor (todavía) de la ética en esta sociedad. Frente a los pragmáticos, es la evidencia de que no todo vale para ganar. Lo pienso ahora al ver a la cúpula política del último Gobierno del PP enfrentada a un pasado oscuro y vergonzoso. A Dolores de Cospedal, Jorge Fernández Díaz, a los valencianos de la Gürtel y otros casos de corrupción, y supongo que a Mariano Rajoy (a no ser que estuviera encerrado en una dorada torre de marfil), se les planteó en alguna ocasión el dilema de hacer lo éticamente correcto. Quizá utilizaron el subterfugio mental de pensar que lo hacían por el bien del partido y de los españoles, arrogándose el conocimiento de lo que los ciudadanos necesitaban, pero a estas alturas se habrán dado cuenta ya de que eso es solo una estrategia escapista y que la ética es una cuestión personal. No es poco. Cuestión de hacer lo correcto o no en un determinado momento, aunque eso pueda suponer perder unas elecciones o el Gobierno. Supongo que se les planteó la disyuntiva al decidir la eliminación de los discos duros de los ordenadores de la sede del partido, al borrar las grabaciones de las cámaras de seguridad del edificio, al poner un espía al tesorero en el que ya no confiaban o al presionar al comisario encargado del caso. Sin embargo, optaron por el pragmatismo, por considerar que todo valía para mantener el poder. Como Armstrong o Johnson pensaron que todo valía por un fin. No siempre pasa, pero en ocasiones también hay justicia para los pragmáticos.

Importa poco quién gane esta Eurocopa extraña del coronavirus. Cuarenta años después, será recordada por el desplome del jugador danés Eriksen, muerto y reanimado en directo ante millones de espectadores. Por el gesto de sus compañeros ocultando al caído, velando por su dignidad en tiempos de memes traidores y crueles redes sociales. Otra cápsula de vida a través del deporte: el paso de la gloria a la nada sin aviso y en segundos. Por si alguien había perdido de vista de qué iba esto. Ética y supervivencia, una ecuación que se resuelve con una palabra: dignidad.

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