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Olga Merino

Las bambas de Kamala Harris

Kamala Harris.

Kamala Harris. REUTERS

 Dominar unos tacones de aguja tiene su mérito, y no digamos sobre la blandura del césped. Así abandonó Melania Trump la Casa Blanca, de luto riguroso y empinada sobre unos ‘stilettos’ preciosos de Christian Louboutin de 12 centímetros. Se subió al Air Force One con la soltura de una diva de Hollywood. Poco después, tras aterrizar en Florida, ‘deleitó’ al respetable planetario con un zasca colosal a su marido, pasando de largo mientras el inefable posaba para la foto. De pasar a la historia, la exprimera dama lo hará por su fondo de armario y sus atuendos, a menudo polémicos, como el salacot que se colocó para un safari en Kenia, el sombrero símbolo por excelencia del colonialismo blanco en África. ¡Ah, la bella Melania! ¿Se divorciará ahora?

Otro zapato en pie femenino arrastra también controversia: las bambas de Kamala Harris. La revista Vogue ha tenido que cambiar la portada a matacaballo porque, en su número de febrero, presentaba a la flamante vicepresidenta con un atuendo ‘casual’, calzada con las Converse rockeras y, lo que es peor, con una iluminación atroz que le blanqueaba la piel. ¿A propósito? La directora de la publicación, la gurú de la moda Anna Wintour, ha tenido que pedir disculpas y cambiar la foto de la cubierta por otra en que la mano derecha de Joe Biden aparece más sobria, más respetable, más mestiza, más aquí-estoy-yo, enfundada en un traje de chaqueta de color azul talco.

Para la toma de posesión, Harris escogió el violeta de las luchas feministas. Estaba radiante. La verdad es que fue un momentazo histórico, la primera mujer en ocupar la vicepresidencia de Estados Unidos, la primera mujer de color, hija de inmigrantes, jamaicano e india. Andamos tan faltos de esperanzas que resulta inevitable proyectar en ella altísimas expectativas, pero, en cualquier caso, lo deseable sería que su nombramiento supusiera otro peldaño hacia la normalidad. Que la foto más o menos empoderada —adjetivo tan horrible como práctico— se barra del debate, lo mismo que el estilismo podal. Que la igualdad deje de ser un ‘ismo’ o una etiqueta para convertirse en pura agenda política. Ahora mismo, la principal tarea del equipo demócrata pasa por remendar las costuras desgarradas del país.

Este verano, la fiscal despertaba algún recelo en el entorno de Biden por «demasiado ambiciosa», a lo que hubo que apostillar que solo las mujeres ambiciosas «hacen historia». Con un hombre, ni siquiera se plantearía la cuestión. Sin entrar en jardines éticos, ¿qué es la ambición sino vivir con un propósito? Kamala Harris presume de que su nombre significa en hindi «flor de loto», una planta acuática, gusta de explicar, que solo florece cuando sus raíces están bien sujetas al lecho del río o del lago. No suele ahondar en cuestiones botánicas, pero la flor del loto, por cierto, ha de abrirse paso entre el fango —que ni pintada viene la imagen— y sus longevas semillas pueden germinar después de siglos. Adelante, pues, Kamala, pisa fuerte, con playeras o taconazos. Y cumple bien. Por las niñas que vendrán.  

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