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Joan Carles Martí

Valencianeando

Joan Carles Martí

Los insostenibles botellones

La única solución al alcance del mojigato gobierno del Rialto es suspender la incoherente restricción del seguro ocio nocturno

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Los dos imágenes de Francisco Calabuig, hablan por si solas.

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Las grandes empresas fomentaron cursos de ‘coaching’ entre sus directivos tras el estrés de la última crisis económica. Un terapéutico entrenamiento colectivo donde a los supervivientes se les preparaba para los sucesivos aprietos, aunque nadie vaticinó una pandemia global. Aquellos cursillos laborales confirmaron que los pelotas engañan más aún en la sociedad de datos. Pero a lo que iba, uno de los ejercicios era defender o rebatir un tema por equipos, y el botellón era un clásico. Un abstemio que nunca salía por la noche ganó uno de esos duelos a favor de los botellones. Meses después fue invitado a prejubilarse con 55 años. Desconozco si aquel ‘coaching’ fue determinante para su despido en diferido y si después de ese palo cambió sus virtuosas rutinas. En mi caso, hubiera exhibido la constitucional cláusula de conciencia para no defender ese desmán de beber en la calle. La recientemente desaparecida Janet Malcom lo explica genial en el manual El periodista y el asesino: «Todo periodista que no sea tan estúpido o engreído como para no ver la realidad sabe que lo que hace es moralmente indefendible».

Garrafón.

El botellón es indefendible, pero no hace falta ser graduado en Crecimiento y Liderazgo en Oxford para saber que en València se han multiplicado los botellones desde que los del Rialto impusieron el toque de queda para el ocio nocturno mucho antes de la crisis sanitaria. Si cerramos los locales donde se puede disfrutar de la alegría de vivir con todas las condiciones reglamentarias, se llenarán los parques y calles para beber el garrafón más infecto. El aumento de las intoxicaciones por alcohol entre menores, provocan asimismo un descomunal malestar vecinal y el consecuente problema de seguridad, dedicando efectivos policiales para guarderías nocturnas de adolescentes consentidos. Por si no fuera poco, esa competencia desleal causa un roto considerable en la ya delicada economía de los establecimientos que pagan sus impuestos y crean puestos de trabajo.

Auxilio.

Como ‘boomer’ vuestro que soy, os debo una explicación y de paso una muy esclarecedora conclusión. Líbreme la oficialidad magnánima de asumir la portavocía de nada, pero los noctámbulos de los finales de los ochenta y noventa que frecuentamos poco la Ruta nunca tuvimos necesidad de botellón. El Saler era más ‘mescalinón’ y en todas las zonas había locales para estar a gusto hasta el amanecer, sin necesidad de pisar una discoteca. Alterné un circuito que empezaba primero en el Cavallers-Lisboa, pasaba luego por La Marxa, después Calcatta y terminaba en Continental, el precursor de La Edad de Oro en el Botànic. Pero en la zona Xúquer, Abastos y Cánovas, con el inolvidable Plaza, había la oferta suficiente para recogerse a tiempo y con todas las garantías en caso de necesidad. Pep, Toni, Juanjo y Navarro atendieron más comas etílicos que muchos sanitarios jubilados. Porque hay una regla no escrita en los locales serios, quién sirve no bebe, y además saben mucho de primeros auxilios, nada que ver con los amigos de un afectado que intentando tapar el socorro juegan a la ruleta rusa con el vital tiempo de asistencia.

Conclusión.

Nunca creí que seríamos mejores tras la pandemia. La excesiva regulación, como la restricción horaria del ocio nocturno en València, responde a gestores públicos con excusos recursos y sin liderazgo. Nunca imaginaba que un gobierno municipal progresista iba a ser más mojigato que el conservador. Aunque venía leído de casa, tatuado entre pecho y espalda el mensaje de la Malcolm sobre este oficio tan antiguo: «El periodista es una especie de persona de confianza, que explota la confianza, que explota la vanidad, la ignorancia o la soledad de las personas, que se gana la confianza de estas para luego traicionarlas sin remordimiento alguno». La verdad no tiene remedio y esperaré con ansias en una barra nocturna, como un mero aprendiz, el cumplimiento de la provocadora reportera de The New Yorker.

El aprovisionamiento habitual de las noches de viernes y sábados entre los adolescentes.

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