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Ricard Pérez Casado

plaza mayor

Ricard Pérez Casado

Exalcalde socialista de València (1979-1989)

‘Horror vacui’

Los aristotélicos experimentaban un horror cuando se producía un vacío argumental o físico que debía ser ocupado por otro cuerpo o idea de inmediato. La ciencia moderna descartó los temores y se aplicó a conocer las causas. Sin embargo, puede tener una vigencia no prevista por los concienzudos tomistas.

Podría aplicarse a modo de metáfora a lo que se ha dado en llamar la España vacía o vaciada, según autores. Ante el vacío hay gentes avispadas que se aprestan a ocuparlo y no todas tienen intenciones altruistas como los llamados rururbanitas ante el deterioro del patrimonio cultural, histórico o paisajístico.

En los inicios de la oleada de publicaciones y declaraciones hay un elemento literario, editorial, alejado de las propuestas de recuperación de los espacios vacíos. Puede que el alud de páginas supere con mucho la cifra de habitantes que restan en la amplia zona desocupada.

El fenómeno no es nuevo como pudiera parecer a los ojos de los lectores incautos y por supuesto de las audiencias televisivas desprendidas del relato. A finales de los años cincuenta del pasado siglo, la población rural en buena medida desesperada comenzó a desplazarse hacia las ciudades desde la capital del Estado a las ciudades industriales y en todas partes hacia la costa, a la periferia.

Tampoco era la primera vez. En todo el Mediterráneo, según Braudel, los flujos poblacionales de la montaña a las costas se han repetido de modo secular, y no por razones turísticas. Las facilidades urbanas siempre tentaron a nuestras gentes, no en vano algunos eclesiásticos bramaron desde los púlpitos serranos contra los pecados de las urbes que además, no se olvide, les hacía libres de las sujeciones feudales.

Desde los sesenta, el proceso de migraciones del campo a la ciudad adquiere proporciones gigantescas. Las ciudades del capitalismo franquista crecen entre coronas de chabolas, sustituidas a veces por pisos cercanos a la caja de cerillas, y todo ello sin los servicios e infraestructuras básicas, elementales, desde el agua potable a la gestión de los residuos. Donde la ciudad cambia de nombre, de nuestro paisano del Rincón de Ademuz, Paco Candel, al filme ‘El pisito’. Las consecuencias de estas migraciones forzadas por la necesidad.

El resultado por conocido no vamos a repetirlo. Envejecimiento de los habitantes permanentes, carencia de servicios o mal funcionamiento de los que todavía subsisten, ausencia de expectativas de relevo generacional en las actividades agrarias tradicionales o el cierre de las escuelas y los centros de reunión social. Un desierto agravado por la soledad.

Y bien, hay quien se ha lanzado a rellenar los huecos. La centrifugación de actividades molestas o contaminantes fue un primer paso. Las multinacionales de los piensos idearon las macrogranjas de cerdos por ejemplo. Descartadas en los países centrales y nórdicos de Europa, no podía trasladar la producción, esto es el engorde y sacrificio, a los países norteafricanos por razones religiosas. Decidieron apostar por el vacío más inmediato, el español. Con las macrogranjas. los megamataderos. En ambos casos con residuos de alto poder contaminante sobre las reservas de agua.

La fiebre tenía dos eslóganes: inversiones millonarias y empleo. Lo primero, además, contando con subvenciones de las administraciones públicas; lo segundo, sin contar que los efectivos humanos realmente existentes no tenían la edad para aplicarse a tales trabajos. La inmigración ha sido la solución ante la renuencia de los jóvenes hijos de emigrantes locales a incorporarse a tareas penosas.

La suma de inversiones y de puestos de trabajo que se predican superaría ampliamente los PIB regionales y, desde luego, tendrían en el caso del empleo un efecto llamada de dimensiones incalculables requiriendo la urgente presencia de los indeseables inmigrantes.

Tras la fiebre porcina, la vacuna. Ésta más local, pegada a las subvenciones de la PAC y no siempre o nunca en beneficio del pequeño o mediano ganadero, sino lo que con gracia cazurra se conocen como ‘ganadeuros’ o ganaderos de sofá y grandes propiedades.

Industrias de desconocido efecto en sus desechos que nadie quiere en su entorno en Europa de grandes inversiones y escasa fijación de población, dada la cualificación de sus efectivos tienen también su espacio en el vacío.

Las grandes empresas energéticas se han convertido en bienhechoras del medio ambiente. Todas apuestan por macroinversiones -otra vez- y generación de empleo, en este caso, afirman, de calidad. Es la fiebre verde que sin la menor consideración se autocalifica de sostenible -¿de qué?, ¿de sus beneficios crecientes a costa de todos los consumidores?- con el atropello del paisaje, de los recursos naturales, incluso de los espacios calificados legalmente como reservas de nuestra maltrecha naturaleza. Aspiran asimismo a la subvención que es compatible al parecer con la generación de beneficios exorbitantes y retribuciones a su nivel de los asesores de las puertas giratorias y sus consejos de administración.

Jauja. Entretanto, se evitan las microinversiones, el autoconsumo que en su día fue penalizado por quienes ahora predican la buena nueva de la era verde.

Antes de acceder a la instalación deberían aclarar sus efectos y no solo cumplir la formalidad de declaraciones de impacto medioambiental que gozan de la benignidad de las instituciones tutelares que comparten públicamente los objetivos de estas empresas. Embaucadores que también ejercen en territorios más densos en forma de parques energéticos, centros de ocio o repetición de eventos dañinos cuyos costes seguimos pagando.

Estas reflexiones resumen algunos temores de amigos de la Serranía, tan cercana y bien defendida por la lúcida tenacidad de Alfons Cervera que ya experimentara las minas y los residuos; de las Sierras del Moncayo, de Gúdar y Javalambre, cuyos emigrantes pueblan ahora los vecindarios de Valencia, Castelló, Barcelona o Zaragoza. De las comarcas del entorno de las Sierras de l’Espadà, de Penyagolosa en l’Alcalatén, els Maestrats la Serrella y la Marina. Amenazados por la doble acción, la de los megaproyectos y la no siempre razonable complicidad de las autoridades públicas, incluidos los ayuntamientos mal financiados como hace medio siglo, hambrientos de recursos fáciles propuestos en los señuelos: inversiones, compensaciones, impuestos y empleo. Lo dicho, Jauja.

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