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Mercè Marrero

Medio siglo y un estallido de contradicciones

 Últimamente, me miro en el espejo. No porque me encuentre una tía buena, que va a ser que no, sino porque me miro las canas. Levanto mechones y ahí están. Las observo y me planteo si debo o no debo hacer algo para disimularlas. El otro día, un amigo a quien no veía desde hace meses me tocó el pelo asombrado y me preguntó si me las estaba dejando. ¿En serio son tan evidentes? El discurso sobre si canas sí o canas no va, en mi caso, más allá de lo meramente estético. Tiene que ver con la aceptación del paso del tiempo, de cómo la vida va acelerando su ritmo y de cómo nos adaptamos a lo nuevo. Y ahí ando yo, mirándome en el espejo y escudriñando las huellas alrededor de los ojos o esa nueva fuerza de la gravedad que descubro alrededor del mentón.

Muchas mujeres lo teníamos claro. Estábamos seguras de que, al rondar los cincuenta, habríamos dejado atrás los conflictos y los complejos, pero a pesar de ello me encuentro pellizcándome levemente la piel de la cara para ver cómo quedaría mi expresión si estuviera un pelín más estirada, reconciliándome con unos pechos más caídos, con una barriga por la que han pasado dos criaturas y con un cuello en el que ya se aprecian las señales de las tensiones y distensiones de media vida. La realidad es que me gusta y no quiero cambiarlo, pero también es cierto que integrar sus cambios requiere tiempo. Me pregunto si hemos avanzado tanto como creemos. No hay publicidad o artículo liviano sobre tendencias estivales que no hable de los aspectos rejuvenecedores de cortarse el pelo de tal o cual manera o de llevar un pantalón de pierna ancha. Cualquier entrevista a una política, científica o escritora pone de manifiesto su edad en la entradilla y la campaña de vacunación contra la covid se ha cubierto de gloria llamando «ancianos» a los de sesenta o setenta años. Ana Blanco es de las pocas profesionales que nos vienen a la cabeza cuando pensamos en una mujer madura y, aparentemente, botox free presentando unos informativos y no hacemos más que escuchar a las actrices de cierta edad denunciar la falta de propuestas laborales. Me gusta envejecer, pero el paso del tiempo me abruma. Me apasiona mi trabajo, pero no me molestaría reinventarme. Adoro no perderme ni un detalle del crecimiento de mis hijos, pero siento nostalgia de cuando se dormían en mi regazo. Quiero una vida emocional estable, pero también desearía seguir teniendo capacidad para seducir. El (casi) medio siglo me trae más contradicciones que la adolescencia.

Una amiga de mi hija me ha contado que, en la playa, un grupito de su clase se ríe de los pelos que le han empezado a salir en la axila. Se los quiere depilar o teñir. Diez años tiene la criatura. Espero tener éxito con mis peroratas muy sentidas acerca de la importancia de vivir en armonía con nuestro cuerpo y nuestro desarrollo y darle la espalda a la dictadura de la estética. Siento cátedra con mucha vehemencia y me meto en el baño. Frente el espejo reviso mi pelo. Las canas. Una a una. ¿Debería comenzar a teñirme per in aeternum? Lo dicho, aprender a vivir con ciertas contradicciones.  

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