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Alfons Cervera

Del tiempo y la escritura

Hace mucho trabajaba en la Universidad Laboral de Cheste. Era joven. Bueno, muy joven. Poco más de veinte años. El tiempo es una máquina de relojería. No lo para ni dios. Llevaba allí dos años enteros y casi acabando el tercero nos dieron a mi compañero Goyo Sevilla y a mí un papelito rectangular, cutre y mezquino, en que nos decían que si queríamos ya podíamos irnos a casa. O quedarnos, pero que el curso siguiente ya no teníamos que volver. Nos quedamos. Casi en huelga de brazos caídos el tiempo que faltaba para acabar el curso. El motivo del zapatazo: nos habíamos negado a hacer más curro del que mandaba nuestro contrato. O sea: a la calle. Mi primer despido. Luego habría algunos más. Si los despidos contaran para el currículum, creo que ese currículum hubiera podido concursar para el Guinness.

Un día de aquellos de brazos caídos leí en un periódico la convocatoria de un premio de relatos. Escribí uno. No había escrito nada desde los versitos adolescentes dedicados a mis colegas del fútbol en Llíria. Eran setenta y cinco mil pelas del ala. Eso, en aquel año 1974, era una pasta. Escribí el cuento. Se titulaba El atracador. La cosa iba de unos jóvenes que atracan un banco para su grupo político clandestino. Salían Rimbaud, García Lorca, Miguel Hernández… No, ellos no eran los atracadores, pero me gustó sacarlos de secundarios o algo así. Creo que era como un monólogo interior. Eso lo supe luego, porque entonces yo no sabía lo que era un monólogo interior. Igual ahora pienso que lo sé y lo que sé no tiene nada que ver con lo que hacía Virginia Woolf, que según dicen es la que más sabe de eso y de muchas otras cosas. Pocos días después salió en el periódico que había quedado finalista en el premio de relatos. Casi lo gano. Lo primero que pensé: pues sí que es fácil eso de escribir. Y seguí escribiendo. Ojalá ustedes no me odien por eso.

Pasaron los años y la prestigiosa editorial Montesinos publicó en 1984 mi primer libro: De vampiros y otros asuntos amorosos. Fue como si me hubieran dado el Nobel, ese premio que como no se lo den pronto a Javier Marías le va a coger al pobre, y a sus fans, un jamacuco irreversible. Yo miraba y remiraba el libro. La portada. La contraportada. Mi careto en la solapa, con una sonrisa a medio camino entre la seguridad en mí mismo, literariamente hablando, y el descreimiento. Guardo la prueba de imprenta de aquella portada. La miro muchas veces y es como si el tiempo me quisiera entrampar en una nostalgia chapucera, como todas las nostalgias. Esa cubierta, llena de colores, es un cuadro de mi amigo José Morea, un gran artista que se murió hace unos meses y nos dejó con la tristeza clavada en el alma, o donde demonios tengamos eso que se construye con los recuerdos más hermosos. Desde entonces, y gracias a la literatura, he conocido a mucha gente y alguna de esa gente ya forma parte importante de mi vida. También he tenido la suerte inmensa de ganar una pequeña nómina de enemigos con mis libros, con mis artículos periodísticos, con lo que hago en los ratos en que me meto a ayudar como sea a que el mundo se parezca más a una playa donde brilla la esperanza que a un estercolero. Un día estaba parado en un semáforo, en València. Había dos tipos a mi lado. Uno le dice al otro: «vámonos, que a este individuo no lo puedo ni ver». Saltaron a la calzada sin mirar y por poco los pisa un autobús. Un enemigo ha de tener más altura si quiere serlo de verdad. Si no, pues pasa lo que pasa: llega un autobús y te convierte en hamburguesa, por imbécil.

Escribo esta vuelta atrás en la vida y la escritura porque hace unos días recibí un wasap de mi viejo amigo Pep Mata. La foto de la portada de un libro mío nunca editado. Lo ha encontrado Pep entre lo de entonces. Es de poesía. Pone el título, ya muy borroso, escrito a máquina: Marilyn no estaba triste aquel verano. Y la fecha: 1974-1975. No lo recordaba. La memoria va flojeando y lo de hace mucho tiempo se reparte entre el recuerdo y el olvido, como suele pasar en los boleros. Tampoco sé qué se habrá hecho de El atracador, aquel primer relato que me hizo pensar, como un idiota, que escribir era la cosa más fácil del mundo. Nada tiene de fácil este oficio. Has de currarte cada palabra con el compromiso firme de no traicionarla. Eso sí, nunca agradeceré bastante a los que mandaban entonces en la Universidad Laboral de Cheste que me pusieran en la calle un lejano día de 1974. Por eso esta columna está dedicada a Goyo, que se alió conmigo en aquella operación salida hacia la madurez y se nos fue hace ya bastantes años. El tiempo va a su bola. En fin…

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