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Mercè Marrero

La suerte de besar

Mercè Marrero Fuster

O todos o ninguno

Durante la EGB, allá por el Pleistoceno, tuve una compañera de pupitre que olía a leche. Era un olor denso. Además de su aroma peculiar, era competitiva. Necesitaba sacar mejor nota, tener una caja de rotuladores con más colores que los míos y una goma que borrara mejor que mi anodina Milan. Cuando me regalaron unos Juegos Reunidos por mi cumpleaños, ella se fanfarreó de ya haber tenido tres. Pillar su estrategia fue fácil y decidí inventarme que los Reyes Magos me habían traído una muñeca que, como la Afrodita A de ‘Mazinger Zeta’, lanzaba sus pechos contra sus enemigos. A ella, por supuesto, ya se la habían traído las Navidades pasadas. Además de competitiva, mentirosa. Jeff Bezos, Elon Musk y Richard Branson me han recordado a la chica que olía a leche.

No deja de ser gracioso que, mientras algunos tenemos limitada nuestra movilidad y necesitamos un certificado para poder entrar en un país vecino, otros hayan decidido dar el salto a la órbita espacial. Es un gran ejemplo de cuán desequilibrado está este mundo porque, con la miseria y desigualdad actuales, tiene guasa que tres hombres ricos riquísimos pugnen por ser los que más se alejan de la Tierra a lomos de su nave espacial y por ser los primeros en hacerlo. Jeff Bezos anunció que volaría a la frontera entre la atmósfera y el espacio la semana pasada y Richard Branson le pisó su plan adelantando su periplo varios días. El viaje del primero duró poco más de diez minutos y se alejó unos cien kilómetros de este planeta, mientras que el del segundo fue más largo y solo se alejó ochenta kilómetros. Elon Musk, por su parte, ha hecho un repóquer y ha anunciado que se irá a la Luna en unos meses. Parecen tres chavalotes hablando sobre la importancia del tamaño. Tan ridículo y fuera de contexto que provoca vergüenza ajena.

Mientras en una parte del mundo los viajes orbitales se han convertido en virales, en la otra la covid se dispersa y mata sin vacunas que lo contengan. Es necesario que el 90 % de la población mundial esté vacunada, si queremos plantarle cara a variedades como la delta, pero solo el 25 % lo está. La mayoría de privilegiados estamos concentrados en los países ricos. Solo el 1 % de los africanos ha recibido las inyecciones, pero un país como Canadá ha acaparado una cantidad de dosis suficientes como para pinchar cinco veces con doble pauta a toda su población. Me pregunto qué sucedería si Bezos, Branson o Musk compitieran por promover las vacunas para todos, en vez de tantos sube baja.

En la misma época en la que compartía pupitre con la chica que olía a leche, fui a ver una competición de atletismo de los Special Olympics. Eran muchos deportistas, pero recuerdo al chico con una pierna más corta, a la mujer con síndrome de Down y al hombre con estereotipias. Tras el silbato de salida, ella tropezó y cayó. En mi mundo, el resto habría seguido corriendo. En el suyo, se pararon y retomaron la marcha cuando ella se recuperó. O todos o ninguno. Hoy, si no nos vacunamos y cuidamos todos, ricos y pobres, no se salvará nadie. Tampoco los que compiten por tenerla más grande. La nave espacial, claro.  

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