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La UE, en el espejo de Suiza

Suiza

El abandono por parte de Suiza, en mayo pasado, de siete años de negociaciones con la Unión Europea para establecer el Acuerdo Marco Institucional fue una mala noticia para Bruselas. La ruptura, pese a que siguen vigentes el Acuerdo de Libre Comercio y otros 120 pactos bilaterales, se produce precisamente cuando los Veintisiete necesitan más que nunca mirarse en el espejo de Suiza para abordar su futuro.

Las cumbres del G7 y de la OTAN, celebradas en junio, han puesto en evidencia la fragilidad de la autonomía estratégica de la UE. Bruselas, en detrimento de sus propios intereses económicos, políticos y sociales, además de los del mundo en general, ha aceptado la política de bloques que pretende Washington, basada en una hostilidad manifiesta hacia China.

Los cantones suizos entendieron tras la miniguerra de un mes que mantuvieron en 1847 que solo si reforzaban su unidad a nivel interno podrían consolidar su Estado frente a los poderosos vecinos europeos. A nivel externo, su logro más notable ha sido apuntalar la neutralidad vigente desde 1815. En el siglo XXI, la UE se encuentra entre dos gigantes -EE UU y China- y, si quiere hacer frente de la mejor manera posible a los retos de futuro -desde el cambio climático a la ciberseguridad- tendrá que aprender de la Confederación Suiza sus dos grandes éxitos: cohesión interna y neutralidad externa. Asida a ambos, Suiza es hoy el cuarto país del mundo en renta per cápita, con 86.602 dólares.

La política de América ha vuelto de Joe Biden es muy similar a la de América primero de Trump, pero expresada sin altanería. Ambas tienen como común denominador la hostilidad hacia China. La diferencia consiste en que Trump despreciaba a sus aliados y Biden cuenta con ellos para que sigan sin rechistar el rumbo marcado por EE UU, que no es otro que la formación de dos sistemas mutuamente excluyentes.

El mundo no puede permitirse ni una nueva división en bloques ni una nueva carrera armamentista. El papel de Europa, y lo más conveniente para sus intereses, debe ser facilitar el diálogo entre el poder establecido y el emergente e impedir que las hostilidades crezcan hasta niveles imposibles de controlar. Esto solo se consigue soltando amarras de Washington y reforzando la autonomía estratégica, no solo a nivel de diplomacia y defensa sino también aunando capacidades políticas, económicas, tecnológicas, financieras y de innovación.

Como ha puesto de manifiesto la covid-19, el sistema económico híbrido de China, con su especial combinación de mercado y planificación estatal, es más resiliente que el de EE UU. Washington logró contener a la Unión Soviética porque la economía global estaba entonces profundamente segregada. Por el contrario, en la actualidad hay una enorme interconexión económica y China es el principal socio comercial de la Unión Europea y de otro centenar de países.

La pretensión de Washington de frenar el ascenso de Pekín y aislarlo política y tecnológicamente solo conduce a exacerbar un nacionalismo intolerante entre los 1.400 millones de habitantes de la República Popular. Una mayoría aplastante está orgullosa de los logros conseguidos en estas siete décadas y siente que tiene derecho a alcanzar un nivel de vida semejante al de los países avanzados de Occidente. El camino es largo. En 2020 la renta per cápita de China fue de 10.500 dólares frente a los 63.544 de EE UU o los 27.057 de España.

El Gobierno norteamericano ha colocado la ideología en el centro de su estrategia para sitiar a China. Mientras Pekín refuerza su puño de hierro sobre Hong Kong, Xinjiang y Tíbet, Biden enarbola la bandera de la democracia con pasión mesiánica, sin entender que muchos de los problemas que EE UU padece son consecuencia de sus intentos fallidos de imponer las urnas por la fuerza. En esta lucha entre democracia y autocracia, el papel de la UE no es acosar a China sino concentrarse en moldear, sin alharacas, el comportamiento del Partido Comunista Chino.

En diciembre pasado, antes incluso de ocupar la Casa Blanca, Biden trató de evitar que Bruselas firmase con Pekín el Acuerdo Integral de Inversiones, que había costado siete años de negociaciones. No lo consiguió, pero tres meses después logró que se congelase al inducir a la UE a imponer sanciones a China -las primeras desde 1989- por reprimir a la minoría musulmana uigur de la provincia noroccidental de Xinjiang. Al adoptar la posición beligerante de EE UU, la Unión promueve su propia división interna y pierde la posibilidad de convertirse en un interlocutor clave, tanto para apaciguar la hostilidad entre las dos superpotencias rivales como para abordar los grandes retos del siglo. Para avanzar, mejor mirarse en el espejo suizo.  

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