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Juan Lagardera

NO HAGAN OLAS

Juan Lagardera

Revisar la historia desde la demagogia ultranacional

Ir o no ir a que te palpen la cara retóricamente, esa es la cuestión que debía plantearse la diplomacia española con la visita real a la toma de posesión del nuevo presidente del Perú. Se trata de un maestro de escuela procedente del duro altiplano y reconvertido en líder de la izquierda peruana, cuyas raíces ya no se nutren del sueño maoísta revolucionario que representaba Sendero Luminoso.

En Perú, como en el resto de la América Latina, la utopía marxista teñida de animadversión colérica contra Estados Unidos que inundó el continente en los años 60 y 70 del siglo pasado, ha dado paso a una reivindicación del indigenismo. Y dado que no cabe ninguna autocrítica respecto de la construcción del nuevo imaginario nacional peruano, se echa mano de los sueños románticos: un pasado edénico hasta la llegada de los malvados españoles, culpables y genocidas.

El relato anticolonial y proincaico de Pedro Castillo no tuvo conmiseración del rey de España, Felipe VI, cortésmente presente para refrendar a un político que ha ganado por la mínima, que tiene a limeños, liberales y conservadores totalmente en contra y que apenas ha podido configurar un gobierno estable ante los mercados dada su decisión de apoyarse en el ala más radical de la formación que le propuso para la presidencia. Felipe de Borbón y Grecia, de espíritu más germánico que su padre, aguantó sin rechistar el chaparrón y volvió a España. Su progenitor, acordémonos, ya tuvo que mandar callar al autócrata Hugo Chávez, en pleno ‘vocinglerío’ bolivariano del militar venezolano.

La corriente anticolonial recorre también el norte de América, donde se criminaliza a Cristóbal Colón y al mismísimo frailuno mallorquín Junípero Serra por todos los males que sufren los hispanos. Suerte que además de fobia antiespañola, en EE UU la cuestión nuclear sigue siendo la racial, sobre la que pesa todo el peso moral de la esclavitud. El revisionismo de la historia que el problema afroamericano plantea se puede llevar por delante a figuras capitales como Thomas Jefferson o el mismísimo George Washington, íntimo amigo del valenciano Juan de Miralles, comerciante de Petrel y dedicado al transporte de esclavos entre otras prácticas mercantiles.

Este interés por legitimarse a través de la historia resulta, pues, todo un fenómeno universal, provocado por los avances en la igualdad de las personas, lo que genera un pensamiento simplificador que requiere buscar culpables para exonerar al nuevo grupo que se incorpora al liderazgo social de cualquier conducta criminal en el pasado. El proceso suele ir acompañado de una ensoñación sobre los mundos primitivos, y así, del mismo modo que el romanticismo alemán o inglés recrearon leyendas germánicas o ciclos artúricos, los indígenas latinoamericanos piensan en una especie de feliz socialismo precolombino tanto entre las tribus incas como entre las colectividades mayas.

La corriente de revisionismo demagógico recorre el continente y sitúa en serio peligro los intereses empresariales españoles, como ya ocurriera en Argentina, entre otros motivos porque además de suponer un relato que desacredita la obra española en América, la nueva historia que elabora esa izquierda latina es el componente que justifica y legitima su posición política. No todos los latinos piensan que España fue una metrópoli cruel y desalmada, ni mucho menos, pero algunos políticos fomentan ese sentimiento antiespañol para que les facilite el camino hacia el poder.

La solución a este nuevo escenario americano no debe consistir en buscar alianzas con los sectores más reaccionarios y ultraderechistas que durante décadas han dominado autárquicamente el continente. Todo lo contrario. El felipismo fue muy inteligente en sus relaciones hispanoamericanas, y hasta Manuel Fraga fue brillante en su recordado periplo por la Cuba castrista. Se trata más bien de recuperar el prestigio del país desde el rigor, lo que supone un conjunto de políticas muy amplias que, en estos momentos, parecen ausentes.

Para empezar, las políticas americanas de España deberían constituir un asunto de Estado, que uniera en un frente común a los grandes bloques ideológicos del país, dejando el prochavismo de la antigua Podemos o el ultraespañolismo de Vox a un lado. España, con una sola voz, debe apoyar a las verdaderas fuerzas democráticas latinas, ha de favorecer la integración de sus inmigrantes en nuestro país, invertir en cultura allí, fomentar la redistribución económica, la reinversión de los beneficios y la constante presencia de políticos, intelectuales y creadores para exaltar el patrimonio común.

La historia debe revisarse, claro, pero contextualizándola, huyendo de posiciones maniqueístas o de usos aviesos. Resulta obvio que España actuó como una potencia colonial y que murieron millones de indios, aunque más por culpa de las nuevas enfermedades europeas que por la fuerza de las armas, a las que, no lo olvidemos, se unieron muchas tribus sojuzgadas por los estados teocráticos precolombinos.

Fue un catalán, Xavier Rubert de Ventós, quien escribó ‘El laberinto de la hispanidad’, una reivindicación de la colonización española de América, donde también se construyeron ciudades, catedrales o universidades, donde lejos de reagrupar a las tribus indias en reservas como hicieron los anglosajones, los españoles se mezclaron con ellas y dieron lugar al fenómeno del criollismo, además de escuchar las arengas éticas de Bartolomé de las Casas o la reivindicación del derecho indígena por parte de Francisco de Vitoria. Y ya sería hora de que los españoles aprendiésemos a narrar todo eso para mejorar la cada día más deteriorada imagen de la civilización hispana.

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