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alberto soldado

VA DE BO

Alberto Soldado

Tobías y la nueva escuela

No concibo un gobernante que aspire a proponer leyes destinadas a crear el mal. Concibo gobernantes corruptos, enfermos por el poder, pero estoy convencido de que su intención como gobernantes está guiada por el argumento de Hans Kung referido a la «confianza radical». Algo así es lo que lleva a la ministra de Educación a afrontar unos cambios en los objetivos educativos de los nuevos tiempos que han alzado ventoleras de consideración. Desde aquello de que los hijos no son propiedad de los padres, a la educación sexual en el fomento de la igualdad de género y al descubrimiento de la propia identidad, que se pretende introducir desde los primeros años de primaria, todo parece fruto de un plan para derribar unos valores imperantes a lo largo de siglos, que sólo han traído angustias vitales, y sustituirlos por otros que nos conducirán a las praderas de la felicidad. Ella y otros muchos creen que ese el camino.

El mundo, a pesar de los ‘Consejos de Tobías’ que estudiábamos en primero de aquel viejo bachillerato, sólo ha creado desigualdades, quién sabe si por culpa de los planes de estudio destinados al adoctrinamiento más ocuro. En el plano concreto, acabamos con los terribles dictados y con las matemáticas angustiosas y todos pasan de curso sin agobios por esa tontería de las ecuaciones de segundo grado o la trigonometría. Y nada de memorizar. Ese ejercicio, que lo hagan los viejos con síntomas de deterioro cognitivo. Para eso está Google, que todo lo sabe, todo lo corrige y todo lo recuerda. ¿Qué enseñamos en la nueva escuela? Pues sabios debe tener el Ministerio de Educación para saber qué necesidades tiene la sociedad del futuro, digitalizada, rendida a la tecnología y a la ciencia y necesitada de padres y madres trabajadoras que o bien esclavizarán a los abuelos si quieren tener hijos -una cosa, al menos de momento, de lo más normal- o dejarán, efectivamente, en manos del Estado a sus vástagos. De hecho cada vez hay más maestros que se sienten vigilantes de niños y adolescentes. Y más adolescentes cuyos referentes son los tertulianos de Tele 5 o los guiones de ‘La que se avecina’. Desde luego, lo que no va a enseñar la nueva escuela es a plantearse cualquier debate sobre el sentido último de la propia vida, sobre la posibilidad de un creador, conductor o consumador. Nada de recordar que el bien podría alcanzarse con el cumplimiento de los diez mandamientos que, con toda seguridad se trata a fin de cuentas de un relato de admiración. Eso es cosa de gentes que creen en milagros contrarios a las leyes naturales, piensan los positivistas del siglo XXI.

A mí me gustaría una escuela que recordara los consejos del moribundo Tobías a su hijo. Léanlos en Google. O que analizara la acción y oración de Francisco de Asís. Y una escuela que obligara a aprenderse de memoria, por aquello de ejercitarla para evitar su deterioro prematuro, los puntos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que, al menos, propone el respeto y no la persecución a los que se preguntan por el sentido último de la vida, por qué estamos aquí, por qué el Sol y la Luna no se averíen nunca y cómo podemos encontrar la felicidad con la entrega absoluta a los demás. Esa escuela me proporcionaría una confianza radical. Con esta que se propone me entran muchas dudas, la verdad. Pero no pongo en duda su buena intención.

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