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Ruth Ferrero-Turrión

TRIBUNA ABIERTA

Ruth Ferrero-Turrión

Europa y la crisis humanitaria afgana

Todos los dirigentes europeos deben aprender de manera conjunta de la actual tragedia de Afganistán. No es solo un fracaso americano», dice Michel Barnier. «Seguridad, terrorismo, islamismo, migración, estabilidad regional: esos son también nuestros desafíos», continúa el que fue negociador del brexit por parte de la UE a través de Twitter. Unas horas más tarde, queda convocado un Consejo Europeo Extraordinario casi una semana más tarde de que la ofensiva talibán cobrara forma, y tres días después de la toma de Kabul. Los temas a buen seguro versarán también sobre la seguridad y la estabilidad, poco o nada habrá sobre derechos humanos y mucho menos sobre el fracaso democratizador de Occidente en Afganistán. Seguro que se hablará, y mucho, de cómo enfrentarse a una nueva crisis migratoria. Y no hay que confundirse, cuando en Bruselas piensan en migración, lo hacen desde una perspectiva de seguridad. La migración en Europa es vista como una amenaza de seguridad, y así está establecido en la mayoría de las estrategias nacionales de seguridad, también en la española y en la europea. Por tanto, la preocupación no estará vinculada a la gestión de los flujos procedentes de Afganistán y su acogida, sino más bien a cómo diferirlos o frenarlos.

La llegada de personas procedentes de Afganistán a Europa no es nada nuevo. Esta nacionalidad se ha situado, a lo largo de los años, entre las cinco nacionalidades principales en solicitudes de asilo, siendo Siria, Venezuela, Sudán del Sur y Myanmar las cuatro restantes. Entre todas conforman las dos terceras partes de las solicitudes de asilo en la UE. De hecho, según fuentes de la EASO (European Asylum Support Office), en 2020 hubo 190.230 solicitudes de asilo procedentes de este país. Pero, sin duda, el dato que más llama la atención es el alto porcentaje de menores no acompañados afganos que piden la protección internacional, ni más ni menos que el 41 % del total. Cifras, sin duda, escalofriantes, pero que no hicieron conmover a nuestras autoridades ya que los porcentajes de denegación de estas solicitudes han sido muy elevados. Recordemos que durante la crisis de la gestión del refugio en 2015 y 2016, la prioridad se dio a los sirios, dejando atrás a otras nacionalidades como la afgana o la somalí.

Los gobiernos europeos han estado mirando para otro lado cuando en este país asiático pasaban cosas. Con la salida en 2014 de las tropas de la OTAN, el frágil equilibrio y la precaria contención de los talibanes en el sur del país se hizo todavía más evidente. El número de desplazados internos, que se había mantenido hasta ese momento en torno a las 100.000 personas al año, se fue incrementando progresivamente hasta alcanzar en 2016 los casi 2 millones de desplazados internos. A principios de 2021 eran ya casi 3 millones.

No parece, sin embargo, que vaya a haber un cambio al respecto. Hace pocos días, Alemania, Bélgica, Austria, Países Bajos, Dinamarca y Grecia enviaron una carta a los comisarios Schinas y Johansson solicitando que no se suspendieran las deportaciones. Apenas dos días más tarde, Alemania y Austria, a la luz de los acontecimientos, recularon. En todo caso, el argumento es similar a otros que nos son muy familiares: si no se ponen en marcha las devoluciones se producirá un efecto llamada que nadie desea. Y el comisario Schinas ya ha dejado caer la necesidad de endurecer aun más la política migratoria y de asilo europea. Un ladrillo más en el muro de la Europa fortaleza.

Las propuestas no son ni novedosas ni imposibles. Apertura de corredores humanitarios para solicitantes de asilo, eliminar el requisito del visado a las afganas que entren en Schengen o la paralización de las deportaciones a Afganistán son algunas de esas peticiones. Ojalá y esta vez sean posibles, durante la crisis de 2015 y 2016 no lo fueron. No ponerlas en marcha significaría el triunfo de los marcos discursivos más carpetovetónicos y reaccionarios. Si algo se juega la UE es su sistema de valores. No puede permitirse quebrarlos todavía más

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