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Alfons Cervera

Algo personal

Alfons Cervera

Carmen Laforet

CARMEN LAFORET

CARMEN LAFORET

El lunes pasado hubiera cumplido cien años. Cuando tenía veintitrés, en 1944, Carmen Laforet ganó el prestigioso Premio Nadal con la novela Nada. Nunca nada ocupó tanto espacio: en la vida de la escritora y en la literatura. Incluso en las vidas de quienes aman los libros casi por encima de todas las cosas. Era la primera vez que se convocaba el Nadal. Y nadie podía imaginar que lo ganaría una primera novela y, aún menos, una mujer. Y más extraño todavía: que esa mujer apenas tuviera poco más de veinte años.

Hace tiempo una buena amiga fue premiada en el Festival de Cine de San Sebastián y me decía que a partir de entonces casi dejaron de llamarla para seguir haciendo películas. El éxito puede a veces ser la antesala de una soledad infinita: «El viento y la lluvia me borraron / como a un fuego, como a un poema / escrito en un muro», escribió Alejandra Pizarnik. De eso supo mucho Carmen Laforet. Su tiempo -aquellos años cuarenta y cincuenta del franquismo- era de una insoportable sordidez. Lo contaba, precisamente, en su novela premiada. Ella nos acercaba ese tiempo de una manera diferente, alejada de la versión triunfante de un régimen despiadado con otras versiones que no fueran las de sus voceros oficiales.

Nunca dejó de escribir, o al menos nunca dejó de imaginar historias que podrían convertirse en novelas futuras. Pero la vida nos lleva muchas veces por itinerarios a ratos verdaderamente inextricables. La familia, una dedicación silenciosa a la escritura y las barrabasadas del mercado la volvieron casi invisible a los ojos y gustos de la gente. Pero Carmen Laforet nunca desapareció definitivamente, sino que regresaba con la energía de los primeros libros: «su visión del mundo no sólo no se ha desgastado con el cambio de circunstancias, sino que adquiere nuevos significados, ilumina aspectos que antes pasaban desapercibidos», escribe su hijo, Agustín Cerezales, en el prólogo a Al volver la esquina, novela publicada póstumamente en 2004 y que ya había escrito en los años sesenta del pasado siglo.

Entre todas sus novelas, La insolación es mi preferida. Salió en 1963 y formaba parte de un proyecto de trilogía que ella misma llamó «Tres pasos fuera del tiempo». La segunda fue Al volver la esquina y de la tercera, Jaque mate, nunca más se supo. No resultaba fácil escribir en los tiempos oscuros de la dictadura. La palabra de moda, cuando Carmen Laforet escribía, era «existencialismo». Eso despachaba con simpleza la enorme consistencia de su escritura. La grisura asfixiante que sufría una sociedad sometida al miedo y a una tranquilidad impostada que usaba la palabra paz en vez de la palabra victoria. El fascismo lo trucaba todo: también el lenguaje. En ese contexto de sombras a destajo iluminaría Carmen Laforet su escritura de mujer. Lo contaba en una carta a su amigo Ramón J. Sender: «La literatura la inventó el varón y seguimos empleando el mismo enfoque para las cosas. Yo quisiera intentar una traición para dar algo de ese secreto, para que poco a poco vaya dejando de existir esa fuerza de dominio, y hombres y mujeres nos entendamos mejor, sin sometimientos, ni aparentes ni reales, de unos a otros… tiene que llover mucho para eso». Y tanto que tuvo que llover. Como que no ha dejado de llover aquella misma lluvia y aún hoy hay descerebrados que niegan criminalmente la desigualdad muchas veces asesina que siguen sufriendo las mujeres.

«Era como viajar al centro mismo del sol». Así empieza La insolación. El viaje iniciático de un joven al encuentro, aunque no lo supiera entonces, con la vida. Empecé a leer a Carmen Laforet, como en ese viaje a la luz del deslumbramiento, cuando yo era poco más que ese Martín adolescente de la novela. Y ya nunca dejé de leerla. Para mí siempre estuvo ahí, en los estantes más a la vista de la casa. No sé a cuánta gente le ha pasado lo mismo. Sé que casi sólo se la recuerda por Nada, la novela que ganó el Nadal en 1944. Pero ya les digo que hay algunas más, no muchas, pero algunas más. El pasado lunes, 6 de septiembre, me invitaron a dar una conferencia en el Festival Black Mountain Bossòst que cada año se celebra en esa ciudad de la Val d’Aran. Y mis primeras palabras fueron para recordar que ese día, precisamente ese día, hubiera cumplido Carmen Laforet cien años. Y como en el bolero, puedo decirles a ustedes que cien años no son nada en la escritura inmensa de una mujer necesariamente inolvidable. Esta columna es una invitación a que lean sus libros. O a que los relean. Anímense, ¿vale? Seguro que me lo van a agradecer. Seguro.

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