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Juan Lagardera

NO HAGAN OLAS

Juan Lagardera

¿Qué se nos había perdido en Afganistán?

Ayer fue 11 de septiembre, justo hace veinte años y un día del atentado a las Torres Gemelas de Nueva York. Una declaración de guerra según el expresidente José María Aznar, un episodio colosal que ponía en circulación la famosa teoría del choque de civilizaciones del politólogo de Harvard, Samuel Huntington, publicada en el lejano curso de 1993. Allí, en Manhattan, empezó un largo conflicto aún vivo que movilizó hacia el terror suicida a un número no desdeñable de jóvenes islamistas radicalizados en todo el planeta.

En 2001 fue el ataque neoyorquino, tres años después tuvo lugar la masacre madrileña del 11M, y un año más tarde las mortíferas explosiones en el metro de Londres…, en 2015 ocurrieron las matanzas en la redacción de ‘Charlie Hebdo’ y las del Bataclán en París… y un verano después los atropellos de Niza… y al siguiente el llamado ‘minuto de terror’ en las Ramblas de Barcelona.

Ha habido muchos más ataques, una cadena ininterrumpida de atentados, la mayoría de ellos en territorio musulmán, en Bagdad, Estambul, Kabul… Ciertamente, si esto era una guerra, Occidente todavía no la ha ganado ni se atisba su final, por más que en el transcurso de estas dos décadas nació otro fenómeno, el de los terroristas islámicos reagrupándose para crear un nuevo estado en la alta Mesopotamia, el Estado Islámico, que, este sí, ha resultado fallido como tal.

La respuesta norteamericana al 11S como es sabido consistió en declararle la guerra a Al Qaeda, la organización creada por el millonario saudí Osama ben Laden, para lo cual ocupó con tropas terrestres los polvorientos valles y escarpadas montañas de Afganistán donde se refugiaban sus fieles. Estados Unidos solicitó cooperación internacional, y esa es la razón por la cual militares españoles han estado desplegados en ese territorio durante estos años, sufriendo bajas.

No fue hasta la primavera de 2011 que el alto mando estadounidense informó de la ‘caída’ del terrorista más buscado. Y ya fue entonces cuando el presidente Barack Obama, se manifestó a favor de retirar sus tropas del país asiático. Casi una década después, el repliegue final de Occidente en torno al aeropuerto de Kabul para salir de emergencia ante el desmoronamiento del régimen y el retorno de los talibanes, ha levantado oleadas de indignación y una pregunta unánime, en especial por parte de algunas tropas españolas: ¿qué se nos había perdido en Afganistán? ¿Para qué ha servido morir en ese semidesierto plagado de alacranes?

Y es entonces cuando los más ilustrados recuerdan la fiereza y constancia de las tribus montañosas afganas, un territorio que salvo plantaciones opiáceas y cabras poco más puede ofrecer en lo económico. Afganos a los que no habría podido conquistar el gran Alejandro de Macedonia, ni el Imperio Británico, paralizado ante el paso del noroeste y las grandes cimas del Karakórum, ni por supuesto la Unión Soviética, incapaz de batir a los harapientos muyaidines. ¿Cómo iban los peliculeros americanos a conquistar ese remoto bastión? Se vuelven a casa tras embarcarnos a todos, y lo dejan peor que antes, a merced de los chinos.

Recomiendo a quien esté interesado en la geopolítica la lectura de uno de los últimos libros de Robert D. Kaplan, una serie de pequeños ensayos reunidos bajo el título ‘El retorno del mundo de Marco Polo’ (RBA), que analiza con profusión la situación en extremo conflictiva de toda la región del Asia Central, a la que pertenece Afganistán. Kaplan es periodista, escritor, profesor de ciencias políticas y, posiblemente, haya trabajado a tiempo parcial para el Pentágono y la CIA, pero es un profundo conocedor de la realidad asiática así como de la influencia de la geografía en el devenir de la humanidad. Para Kaplan, la tecnología ha cambiado las reglas políticas del mundo al acelerar los procesos de globalización, consecuencia de la cual la llamada civilización occidental, basada en los ideales liberales de las democracias avanzadas y en la prosperidad de la economía capitalista, se estaría «diluyendo y dispersando».

No hay choque de civilizaciones a la manera de Huntington, dice Kaplan, sino un socavamiento de los factores religiosos y culturales ajenos a Occidente que «se reconstruyen artificialmente» bajo formas más severas y radicales. «A mayor conectividad –escribe– más trascendente será lo que se dirima en las guerras y más fácil será que estas se propaguen de un área geográfica a otra». Y mientras Occidente se diluye y Europa sale de su ensimismamiento del bienestar, los antiguos imperios se cohesionan –dice de Rusia y China– y las unidades políticas más pequeñas obtienen más poder y capacidad de percutir gracias a las comunicaciones y las tecnologías.

En ese marco, Afganistán ya no es la tierra de los indómitos pastunes, de los chalados talibanes, sino el lugar donde se va a dirimir quién gana posiciones en el tablero de la influencia mundial, pues allí confluye la influencia china –que a través de Pakistán busca llegar al puerto que ha construido en el Índico–, la iraní en el suroeste chií del país, la de las exrepúblicas asiáticas y nucleares de la antigua URSS, la propia Rusia y la misma India, que siempre ha considerado parte de la gran India la zona más oriental afgana.

Así que es allí donde pueden pasar muchas cosas a partir de la retirada norteamericana, aparentemente feliz y a salvo en su propio continente, una especie de portaviones gigante entre los dos mayores océanos, mientras la inestabilidad se adueña de Eurasia y África, lo que alguien llamó «la gran isla del mundo». Teniendo en cuenta que el accidente de un gran mercante en el canal de Suez casi paraliza el comercio mundial, o que el colapso de las fábricas de ‘microchips’ en Corea y Formosa está dejando sin electrodomésticos y sin coches a medio mundo, mientras nuestro país observa atónito los sucesos de Ceuta, la subida del precio del gas argelino y la liquidación de varios Estados en el vecino sur del Mediterráneo, resulta bastante obvio que en Afganistán se nos han perdido muchas cosas y que debemos estar atentos porque, tal vez, esto no haya hecho sino comenzar.

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